Himno Adoro te devote

Te adoro con devoción, Dios escondido, oculto verdaderamente bajo estas apariencias. A Ti se somete mi corazón por completo, y se rinde totalmente al contemplarte.

Al juzgar de Ti, se equivocan la vista, el tacto, el gusto; pero basta el oído para creer con firmeza; creo todo lo que ha dicho el Hijo de Dios: nada es más verdadero que esta Palabra de verdad.

En la Cruz se escondía sólo la Divinidad, pero aquí se esconde también la Humanidad; sin embargo, creo y confieso ambas cosas, y pido lo que pidió aquel ladrón arrepentido.

No veo las llagas como las vió Tomás pero confieso que eres mi Dios: haz que yo crea más y más en Ti, que en Ti espere y que te ame.

¡Memorial de la muerte del Señor! Pan vivo que das vida al hombre: concede a mi alma que de Ti viva y que siempre saboree tu dulzura.

Señor Jesús, Pelícano bueno, límpiame a mí, inmundo, con tu Sangre, de la que una sola gota puede liberar de todos los crímenes al mundo entero.

Jesús, a quien ahora veo oculto, te ruego, que se cumpla lo que tanto ansío: que al mirar tu rostro cara a cara, sea yo feliz viendo tu gloria.

Amén.

         Oración en reparación y desagravio a Jesús                                         Sacramentado.

Perdona, Señor, todas las profanaciones al Santísimo Sacramento del Altar.

Perdona, Señor, todos los sacrilegios Eucarísticos.

Perdona, Señor, todas las Santas Comuniones indignamente recibidas.

Perdona, Señor, todas las irreverencias en la Iglesia. 

Perdona, Señor, todas las profanaciones, desprecios, y abandono de los Sagrarios. 

Perdona, Señor, todos los que han abandonado la Iglesia.

Perdona, Señor, todas las faltas de veneración a los objetos sagrados.

Perdona, Señor, todos los insultos a tu Santo Nombre..

Perdona, Señor, todas las irreverencias y calumnias contra el Santo Padre.

Perdona, Señor, todas la frialdad e indiferencia contra tu amor redentor.

Perdona, Señor, todos los que pasaron a las filas de tus enemigos. Señor Jesucristo, Hijo de Dios Vivo, que estás realmente presente; en el Santísimo Sacramento del Altar con todo tu Cuerpo, tu Sangre, tu Alma y tu Divinidad, haz que el culto católico sea restablecido en todo su esplendor y sacralidad, allí donde se encuentre devastado por la infidelidad de los hombres, para mayor Gloria tuya, de tu Iglesia.

Acto de Fe

¡Señor mío Jesucristo!, creo que verdaderamente estás dentro de mí con tu Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, y lo creo más firmemente que si lo viese con mis propios ojos.

Acto de Adoración

¡Oh Jesús mío!, te adoro presente dentro de mí, y me uno a María Santísima, a los Angeles y a los Santos para adorarte como mereces.

Acto de Acción de Gracias

Te doy gracias, Jesús mío, de todo corazón, porque has venido a mi alma. Virgen Santísima, Angel de mi guarda, Angeles y Santos del Cielo, dad por mi gracias a Dios.

Alma de Cristo 

Alma de Cristo, santifícame. Cuerpo de Cristo, sálvame. Sangre de Cristo, embriágame. Agua del costado de Cristo, lávame. Pasión de Cristo, confórtame. ¡Oh, buen Jesús!, óyeme. Dentro de tus llagas, escóndeme. No permitas que me aparte de Ti. Del maligno enemigo, defiéndeme. En la hora de mi muerte, llámame. Y mándame ir a Ti. Para que con tus santos te alabe. Por los siglos de los siglos. Amén

A Jesús Crucificado

Mírame, ¡oh mi amado y buen Jesús!, postrado en tu presencia: te ruego, con el mayor fervor, imprimas en mi corazón vivos sentimientos de fe, esperanza, caridad, verdadero dolor de mis pecados y firmísimo propósito de jamás ofenderte; mientras que yo, con el mayor afecto y compasión de que soy capaz, voy considerando y contemplando tus cinco llagas, teniendo presente lo que de Ti, oh buen Jesús, dijo el profeta David: "Han taladrado mis manos y mis pies y se pueden contar todos mis huesos." (Salmo 21, 17-18)

A Jesucristo

Dulcísimo Señor Jesucristo, te ruego que tu Pasión sea virtud que me fortalezca, proteja y defienda; que tus llagas sean comida y bebida que me alimente, calme mi sed y me conforte; que la aspersión de tu sangre lave todos mis delitos; que tu muerte me dé la vida eterna y tu cruz sea mi gloria sempiterna. Que en esto encuentre el alimento, la alegría, la salud y la dulzura de mi corazón. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

A la Santísima Virgen

Oh María, Virgen y Madre Santísima, he recibido a tu Hijo amadísimo, que concebiste en tus inmaculadas entrañas, criándolo y alimentándolo con tu pecho, y lo abrazaste amorosamente en tus brazos. Al mismo que te alegraba contemplar y te llenaba de gozo, con amor y humildad te lo presento y te lo ofrezco, para que lo abraces, lo ames con tu corazón y lo ofrezcas a la Santísima Trinidad en culto supremo de adoración, por tu honor y por tu gloria, y por mis necesidades y por las de todo el mundo. Te ruego, piadosísima Madre, que me alcances el perdón de mis pecados y gracia abundante para servirte, desde ahora, con mayor fidelidad; y por último, la gracia de la perseverancia final, para que pueda alabarle contigo por los siglos de los siglos. Amén.

A San José

Custodio y padre de vírgenes, San José, a cuya fiel custodia fueron encomendadas la misma inocencia, Cristo Jesús, y la Virgen de las vírgenes, María. Por estas dos querídísimas prendas, Jesús y María, te ruego y te suplico me alcances que, preservado de toda impureza, sirva siempre con alma limpia, corazón puro y cuerpo casto a Jesús y a María. Amén.

Meditaciones sobre la Sagrada Eucaristía. 1

UN DIOS ESCONDIDO

— Jesús se oculta para que le descubran nuestra fe y nuestro amor.

— La Sagrada Eucaristía nos transforma.

— Cristo se nos entrega a cada uno, personalmente.

IAdoro te devote, latens Deitas... Te adoro con devoción, Dios escondido, que estás verdaderamente oculto bajo estas apariencias. A ti se somete mi corazón por completo, y se rinde totalmente al contemplarte. Así comienza el himno que escribió Santo Tomás para la fiesta del Corpus Christi, y que ha servido a tantos fieles para meditar y expresar su fe y su amor a la Sagrada Eucaristía.

Te adoro con devoción, Dios escondido...

Verdaderamente Tú eres un Dios oculto, había proclamado ya el Profeta Isaías. El Creador del Universo ha dejado las huellas de su obra; parecía como si Él quisiera quedarse en un segundo plano. Pero llegó un momento en la historia de la humanidad en que Dios decidió revelarnos su ser más íntimo. Es más, quiso en su bondad habitar entre nosotros, plantar su tienda en medio de los hombres, y se encarnó en el seno purísimo de María. Vino a la tierra y permaneció oculto para la mayoría de las gentes, que estaban preocupadas de otras cosas. Le conocieron algunos que poseían un corazón sencillo y una mirada vigilante para lo divino: María, José, los pastores, los Magos, Ana, Simeón... Este anciano había esperado toda su vida la llegada del Mesías anunciado, y pudo exclamar ante Jesús Niño: Ahora, Señor, puedes sacar en paz de este mundo a tu siervo según tu palabra: porque mis ojos han visto a tu Salvador.... ¡Si nosotros pudiéramos decir lo mismo al acercarnos al Sagrario!

Y después, en la vida pública, a pesar de los milagros en que Jesús manifestaba su poder divino, muchos no supieron descubrirlo. En otras ocasiones es el mismo Señor el que se esconde y manda a quienes Él mismo ha curado que no le descubran. En Getsemaní y en la Pasión parecía oculta completamente la divinidad a los ojos de los hombres, En la Cruz, la Virgen sabía con certeza que Aquel que moría era Jesús, Dios hecho hombre. Y a los ojos de muchos moría como un malhechor.

En la Sagrada Eucaristía, bajo las apariencias de pan y de vino, Jesús se vuelve a ocultar para que le descubran nuestra fe y nuestro amor. A Él le decimos en nuestra oración: «Señor, que nos haces participar del milagro de la Eucaristía: te pedimos que no te escondas», que esté siempre claro tu rostro a nuestros ojos; «que vivas con nosotros», porque sin Ti nuestra vida no tiene sentido; «que te veamos», con los ojos purificados en el sacramento de la Penitencia; «que te toquemos», como aquella mujer que se atrevió a tocar la orla de tu vestido y quedó curada; «que te sintamos», sin querer nunca acostumbrarnos al milagro; «que queramos estar siempre junto a Ti», que es el único lugar en el que hemos sido felices plenamente; «que seas el Rey de nuestras vidas y de nuestros trabajos», porque te lo hemos dado todo.

II. La presencia es una necesidad del amor, y el Maestro, que había dejado a los suyos el supremo mandamiento del amor, no podía sustraerse a esta característica de la verdadera amistad: el deseo de estar juntos. Para realizar este vivir con nosotros, a la espera del Cielo, se quedó en nuestros Sagrarios. Así hizo posibles aquellas vivas recomendaciones antes de su partida: Permaneced en Mí y Yo en vosotros. En adelante ya no os llamaré siervos. Yo os digo: vosotros sois mis amigos... Permaneced en mi amor. Una amistad profunda con Jesús ha ido creciendo en tantas Comuniones, en las que Cristo nos ha visitado, y en tantas ocasiones como nosotros hemos ido a verle al Sagrario. Allí, oculto a los sentidos, pero tan claro a nuestra fe, Él nos esperaba; a sus pies hemos afirmado nuestros mejores ideales, y en Él hemos abandonado las preocupaciones, lo que en alguna ocasión nos podía agobiar... El Amigo comprende bien al amigo. Allí, en la fuente, hemos ido a beber el modo de practicar las virtudes. Y hemos procurado que su fortaleza sea nuestra fortaleza, y su visión del mundo y de las personas, la nuestra... ¡Si un día pudiéramos decir también nosotros, como San Pablo: Ya no soy yo quien vive, sino Cristo en mí!.

Santo Tomás afirma que la virtud de este sacramento es llevar a cabo cierta transformación del hombre en Cristo por el amor. Todos tenemos la experiencia de que cada uno vive, en buena parte, según aquello que ama. Los hombres con afición al estudio, al deporte, a su profesión, dicen que esas actividades son su vida. De manera semejante, si un hombre busca solo su interés, vive para sí. Y si amamos a Cristo y nos unimos a Él, viviremos por Él y para Él, de una manera tanto más profunda cuanto más hondo y verdadero sea el amor. Es más, la gracia nos configura por dentro y nos endiosa. «¿Amas la tierra? –exclama San Agustín–. Serás tierra. ¿Amas a Dios? ¿Qué voy a decir? ¿Que serás dios? No me atrevo a decirlo, pero te lo dice la Escritura: Yo dije: sois dioses, y todos hijos del Altísimo (Sal 81, 6)».

Vamos a ver a Jesús oculto en el Sagrario, y se anulan las distancias, y hasta el tiempo pierde sus límites ante esta Presencia que es vida eterna, semilla de resurrección y pregustación del gozo celestial. Es ahí donde la vida del cristiano irradia la vida de Jesús: en medio del trabajo, en su sonrisa habitual, en el modo como lleva las contrariedades y los dolores, el cristiano refleja a Cristo. Él, que permanece en el Sagrario, se manifiesta y se hace presente a los hombres en la vida corriente del cristiano.

Sagrarios de plata y oro // que abrigáis la omnipresencia // de Jesús, nuestro tesoro, // nuestra vida, nuestra ciencia. // Yo os bendigo y os adoro con profunda reverencia....

Desde hace dos mil años, el Hijo de Dios habita en medio de los hombres. «¡Él, en quien el Padre encuentra delicias inefables, en quien los bienaventurados beben una eternidad de dicha! El Verbo encarnado está ahí, en la Hostia, como en tiempo de los Apóstoles y de las muchedumbres de Palestina, con la infinita plenitud de una gracia capital, que no pide sino desbordarse sobre todos los hombres para transformarlos en Él. Habría que acercarse a este Verbo salvador con la fe de los humildes del Evangelio, que se precipitaban al encuentro de Cristo para tocar la franja de su vestidura y volvían sanos». Así hacernos el propósito de acercarnos nosotros.

IIIA Ti se somete mi corazón por completo, y se rinde totalmente al contemplarte.

No deben desconcertarnos las apariencias sensibles. No todo lo real, ni siquiera todas las realidades creadas de este mundo, son percibidas por los sentidos, que son fuente de conocimiento, pero a la vez limitación de nuestra inteligencia. La Iglesia, en su peregrinación por este mundo hacia el Padre, posee en la Sagrada Eucaristía a la Segunda Persona de la Trinidad Beatísima, a la que no perciben los sentidos, que ha asumido la Humanidad Santísima de Cristo. El Verbo se hizo carne para habitar entre nosotros y hacernos partícipes de su divinidad. Vino para el mundo entero, y se hubiera encarnado por el menor y más indigno de los hombres. San Pablo pregustaba esta realidad con gozo, y decía: el Hijo de Dios me amó y se entregó a Sí mismo por mí. Jesús habría venido al mundo y padecido por mí solo. Esta es la gran realidad que llena mi vida, podemos pensar todos. En la economía de la Redención, la Eucaristía fue el medio providencial elegido por Dios para permanecer personalmente, de modo único e irrepetible, en cada uno de nosotros. Con alegría cantamos en la intimidad de nuestro corazón: Pange, lingua, gloriosi Corporis mysterium... Canta, lengua mía, el misterio del Cuerpo glorioso y de la Sangre preciosa, que el Rey de las naciones, Hijo de Madre fecunda, derramó por rescatar al mundo.

No está oculto Jesús. Nosotros le vemos cada día, le recibimos, le amamos, le visitamos... ¡Qué clara y diáfana es su Presencia cuando le contemplamos con una mirada limpia, llena de fe! Pensemos en cómo vamos a comulgar, quizá dentro de pocos minutos o de algunas horas, y pidamos a Dios Padre, nuestro Padre, que aumente la fe y el amor de nuestro corazón. Quizá nos pueda servir aquella oración de Santo Tomás con la que tal vez nos hemos preparado para recibir a Jesús en otras ocasiones: «Omnipotente y sempiterno Dios, me acerco al sacramento de vuestro Hijo Unigénito, Nuestro Señor Jesucristo, como un enfermo al médico que le habrá de dar vida; como un inmundo acudo a la fuente de la misericordia; ciego, vengo a la luz de la eternidad; pobre y falto de todo, me presento al soberano Señor del cielo y de la tierra. Ruego a vuestra inmensa largueza se sirva sanar mis enfermedades, purificar mis manchas, iluminar mis tinieblas, enriquecer mi miseria, vestir mi desnudez. Dulcísimo Señor, concededme que reciba el Cuerpo de vuestro Hijo Unigénito, nacido de la Virgen, con tal fervor que pueda ser unido íntimamente a Él y contado entre los miembros de su Cuerpo místico».

Meditaciones sobre la Sagrada Eucaristía. 2

LA EUCARISTÍA, PRESENCIA SUBSTANCIAL DE CRISTO

— La transubstanciación.

— El Sagrario: presencia real de Cristo.

— Confianza y respeto ante Jesús Sacramentado.

IVisus, tactus, gustus in te fallitur... Al juzgar de Ti se equivocan la vista, el tacto, el gusto, pero basta con el oído para creer con firmeza; creo todo lo que ha dicho el Hijo de Dios; nada más verdadero que esta palabra de verdad.

Cuando la vista, el gusto y el tacto juzgan sobre la presencia –verdadera, real y substancial– de Cristo en la Eucaristía fallan totalmente: ven las apariencias externas, los accidentes; perciben el color del pan o del vino, el olor, la forma, la cantidad, y no pueden concluir sobre la realidad allí presente porque les falta el dato de la fe, que llega únicamente a través de las palabras con las que nos ha sido transmitida la divina revelación: basta con el oído para creer firmemente. Por eso, cuando contemplamos con los ojos del alma este misterio inefable debemos hacerlo «con humilde reverencia, no siguiendo razones humanas, que deben callar, sino adhiriéndonos firmemente a la Revelación divina», que da a conocer esta verdadera y misteriosa realidad.

La Iglesia nos enseña que Cristo se hace realmente presente en la Sagrada Eucaristía «por la conversión de toda la substancia del pan en su cuerpo y la conversión de toda la susbstancia del vino en su sangre, permaneciendo solamente íntegras las propiedades del pan y del vino, que percibimos con nuestros sentidos. La cual conversión misteriosa es llamada por la santa Iglesia conveniente y propiamente transubstanciación». Y la misma Iglesia nos advierte que cualquier explicación que se dé para una mayor comprensión de este misterio inefable «debe poner a salvo que, en la misma naturaleza de las cosas, independientemente de nuestro espíritu, el pan y el vino, realizada la consagración, han dejado de existir, de modo que el adorable cuerpo y sangre de Cristo, después de ella, están verdaderamente presentes delante de nosotros, bajo las especies sacramentales de pan y de vino».

«Por la misma naturaleza de las cosas», «Independiente de mi espíritu»... Después de la Consagración, en el Altar o en el Sagrario en el que se reservan las Formas consagradas, Jesús está presente, aunque yo, por ceguera, no hiciera el menor acto de fe y, por dureza de corazón, ninguna manifestación de amor. No es «mi fervor» quien lo hace presente; Él está allí.

Cuando, en el siglo iv, San Cirilo de Jerusalén desea explicar esta extraordinaria verdad a los cristianos recién convertidos, se vale, a modo de ejemplo, del milagro que llevó a cabo el Señor en las bodas de Caná de Galilea, donde convirtió el agua en vino. Se pregunta San Cirilo: si hizo tal maravilla al convertir el agua en vino, «¿vamos a pensar que es poco digno de creer el que convirtiese el vino en su Sangre? Si en unas bodas hizo este estupendo milagro, ¿no hemos de pensar con más razón que a los hijos del tálamo nupcial les dio su Cuerpo y Sangre para alimentarlos? (...). Por lo cual, no mires al pan y al vino como simples elementos comunes..., y, aunque los sentidos te sugieran lo contrario, la fe debe darte la certeza de lo que es en realidad»; esta realidad es Cristo mismo, que, inerme, se nos entrega. Los sentidos se equivocan completamente, pero la fe nos da la mayor de las certidumbres.

II. En el milagro de Caná, el color del agua fue alterado y tomó el del vino; el sabor del agua cambió igualmente y se transformó en sabor de vino, de buen vino; las propiedades naturales del agua cambiaron... Todo cambió en aquel agua que llevaron los sirvientes a Jesús. No solo las apariencias, los accidentes, sino el mismo ser del agua, su substancia: el agua fue convertida en vino por las palabras del Señor. Todos gustaron aquel vino excelente que pocos momentos antes era agua corriente.

En la Sagrada Eucaristía, Jesús, a través de las palabras del sacerdote, no cambia, como en Caná, los accidentes del pan y del vino (el color, el sabor, la forma, la cantidad), sino solo la substancia, el ser mismo del pan y del vino, que dejan de serlo para convertirse de modo admirable y sobrenatural en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo. Permanece la apariencia de pan, pero allí ya no hay pan; se mantienen las apariencias del vino, pero allí no hay nada de vino. Ha cambiado la substancia, lo que era antes en sí misma, aquello por lo que una cosa es tal a los ojos del Creador. Dios, que puede crear y aniquilar, puede también transformar una cosa en otra; en la Sagrada Eucaristía ha querido que esta milagrosa transformación del pan y del vino en el Cuerpo y Sangre de Cristo pueda ser percibida solo por medio de la fe.

En el milagro de la multiplicación de los panes y de los peces, la substancia y los accidentes no sufrieron alteración alguna: pan y peces había al principio, y este mismo alimento fue el que comieron aquellos cinco mil hombres, quedando saciados. En Caná, el Señor transformó sin multiplicarla una cantidad de agua en otra igual de vino; en aquel lugar apartado donde le habían seguido aquellas multitudes, Jesús aumentó la cantidad, sin transformarla. En el Santísimo Sacramento, a través del sacerdote, Jesús transforma la substancia misma, permaneciendo los accidentes, las apariencias. Cristo no viene con un movimiento local, como cuando uno se traslada de un lugar a otro, al Sacramento del Altar. Se hace presente mediante esa admirable conversión del pan y del vino en su Cuerpo y en su Sangre. Quod non capis, // quod non vides // animosa firmat fides... Lo que no comprendes y no ves, una fe viva lo atestigua, fuera de todo el orden de la naturaleza....

Cristo está presente en la Sagrada Eucaristía con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad. Es el mismo Jesús que nació en Belén, que hubo de huir a Egipto en brazos de José y de María, el que creció y trabajó duramente en Nazareth, el que murió y resucitó al tercer día, el que ahora, glorioso, está a la derecha de Dios Padre. ¡El mismo! Pero es lógico que no pueda estar del mismo modo, aunque su presencia sea la misma. «En orden a Cristo –escribe Santo Tomás de Aquino– no es lo mismo su ser natural que su ser sacramental». Pero la realidad de su presencia no es menor en el Sagrario que en el Cielo: «Cristo, todo entero, está presente en su realidad física, aun corporalmente, aunque no del mismo modo como los cuerpos están en un lugar». Poco más podemos decir de esta admirable presencia.

Cuando vamos a verle, podemos decir, en el sentido estricto de las palabras: estoy delante de Jesús, estoy delante de Dios. Como lo podían decir aquellas gentes llenas de fe que se cruzaron con Él en los caminos de Palestina. Podemos decir: «Señor, miro el Sagrario y falla la vista, el tacto, el gusto..., pero mi fe penetra los velos que cubren ese pequeño Sagrario y te descubre ahí, realmente presente, esperando un acto de fe, de amor, de agradecimiento..., como lo esperabas de aquellos sobre los que derramabas tu poder y tu misericordia. Señor, creo, espero, amo».

IIIAl juzgar de Ti se equivocan la vista, el tacto, el gusto... En la Sagrada Eucaristía, en verdad, los sentidos no perciben la presencia más real que existe a nuestro alrededor. Y esto es así porque se trata de la presencia de un Cuerpo glorificado y divino: es, por consiguiente, una presencia divina, «un modo de existir divino», que difiere esencialmente de los modos de ser y de estar de los cuerpos sometidos al espacio y al tiempo.

La Eucaristía no agota los modos de presencia de Jesús entre nosotros. Él nos anunció: Yo estaré con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos. Y lo está de muchas maneras. La Iglesia nos recuerda que está presente en los más necesitados, de la familia y de los que no conocemos; está presente cuando nos reunimos en su nombre. De una manera particular, está en la Palabra divina.... Todos estos modos de presencia son reales, pero en la Sagrada Eucaristía está la presencia de Dios entre nosotros por excelencia, dado que en este sacramento está Cristo en su propia Persona, de una manera verdadera, real y substancial. Esta presencia –enseña Pablo VI– «se llama real no por exclusión, como si las otras no fueran reales, sino por antonomasia, ya que es substancial, ya que por ella ciertamente se hace presente Cristo, Dios y Hombre, entero o íntegro».

Pensemos hoy cómo hemos de comportarnos en su presencia, con qué confianza y respeto. Meditemos si nuestra fe se vuelve más penetrante al estar delante del Sagrario, o si prevalece la oscuridad de los sentidos, que permanecen como ciegos en presencia de esta realidad divina. ¡Cuántas veces le hemos dicho a Jesús: «Creo, Señor, firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes; te adoro con profunda reverencia...»!

Los milagros de las bodas de Caná y de la multiplicación de los panes y de los peces que antes hemos considerado, nos pueden ayudar también a sacar mayor provecho para comprender mejor este prodigio del amor divino. En uno y otro milagro, Jesús requiere la colaboración de otros. Los discípulos distribuirán el alimento a la muchedumbre y quedarán todos satisfechos. En Caná, dirá a los servidores: llenad las vasijas de agua; y ellos las llenaron hasta arriba, hasta que ya no cabía más. Si hubieran estado remisos y hubieran puesto menos agua, la cantidad de vino también habría sido menor. Algo semejante ocurre en la Sagrada Comunión. Aunque la gracia siempre es inmensa y el honor inmerecido, Jesús pide también nuestra colaboración; nos invita a corresponder, con nuestra propia devoción, a la gracia que recibimos, nos recompensa en la proporción en que encuentra en nuestros corazones esa buena disposición que nos pide. El deseo cada vez mayor, la limpieza de nuestro corazón, las comuniones espirituales, la presencia eucarística a lo largo del día y de modo particular al pasar cerca de un Sagrario..., nos capacitarán para llenarnos de más gracia, de más amor, cuando Jesús venga a nuestro corazón.

Meditaciones sobre la Sagrada Eucaristía. 3

COMO EL LADRÓN ARREPENTIDO

— Los Sagrarios de nuestro camino habitual.

— Imitar al Buen Ladrón.

— Purificación de nuestras faltas.

IIn Cruce latebat sola Deitas... En la Cruz se escondía solo la divinidad, pero aquí se esconde también la humanidad; creo y confieso ambas cosas, y pido lo que pidió el ladrón arrepentido.

El Buen Ladrón supo ver en Jesús moribundo al Mesías, al Hijo de Dios. Su fe, por una gracia extraordinaria de Dios, venció la dificultad que representaban aquellas apariencias, que solo hablaban de un ajusticiado. La divinidad se había ocultado a los ojos de todos, pero aquel hombre podía al menos contemplar la Humanidad Santísima del Salvador: su mirar amabilísimo, el perdón derramado a manos llenas sobre quienes le insultaban, su silencio conmovedor ante las ofensas. Jesús, también en la Cruz, en medio de tanto sufrimiento, derrocha amor.

Nosotros miramos a la Hostia santa y nuestros ojos nada perciben: ni la mirada amable de Jesús, ni su compasión... Pero con la firmeza de la fe, le proclamamos nuestro Dios y Señor. Muchas veces, expresando la seguridad de nuestra alma y nuestro amor, le hemos dicho: Creo, Señor, firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes... Tu mirada es tan amable como la que contempló el Buen Ladrón y tu compasión sigue siendo infinita. Sé que estás atento a la menor de mis peticiones, de mis penas y de mis alegrías.

Jesús, de distinto modo, está igualmente presente en el Cielo y en la Hostia consagrada. «No hay dos Cristos, sino uno solo. Nosotros poseemos, en la Hostia, al Cristo de todos los misterios de la Redención: al Cristo de la Magdalena, del hijo pródigo y de la Samaritana, al Cristo del Tabor y de Getsemaní, al Cristo resucitado de entre los muertos, sentado a la diestra del Padre (...). Esta maravillosa presencia de Cristo en medio de nosotros debería revolucionar nuestra vida (...); está aquí con nosotros: en cada ciudad, en cada pueblo». Todos los días, quizá al transitar por la calle, pasamos cerca, a pocos metros de donde Él se encuentra. ¿Cuántos actos de fe se habrán hecho a esa hora de la mañana o de la tarde delante de ese Sagrario, desde la misma calle o entrando unos instantes donde Él está? ¿Cuántos actos de amor?... ¡Qué pena si nosotros pasáramos de lago! Jesús no es indiferente a nuestra fe y a nuestro amor. «No seas tan ciego o tan atolondrado que dejes de meterte dentro de cada Sagrario cuando divises los muros o torres de las casas del Señor. —Él te espera». ¡Cuánto bien nos hace este consejo lleno de sabiduría y de piedad!

Jesús escuchó emocionado, entre tantos insultos, aquella voz que le reconocía como Dios. Era la voz de un ladrón que, aun estando Dios tan oculto, le supo ver y le confesó en voz alta, y además le dio a conocer a su compañero. El encuentro con Jesús le llevó al apostolado.

El amor rechaza la ceguera y el atolondramiento, la tibieza. Ese amor vivo –quizá expresado en una jaculatoria encendida– hemos de tener nosotros cuando queden ya pocos instantes para recibir a Jesús en la Sagrada Comunión y cuando pasemos cerca de un Sagrario, camino del trabajo. Y nuestra alma se llenará de gozo. «¿No te alegra si has descubierto en tu camino habitual por las calles de la urbe ¡otro Sagrario!?». ¡Es la alegría de todo encuentro deseado! Si nos late el corazón más de prisa cuando divisamos a una persona amada a lo lejos, ¿vamos a pasar indiferentes ante un Sagrario?

IIPido lo que pidió el ladrón arrepentido... Jesús, acuérdate de mí, cuando llegues a tu Reino.

Con una jaculatoria –¡tan grande fue su fe!– mereció el Buen Ladrón purificar toda su vida. Llamó a Jesús por su nombre, como hemos hecho nosotros tantas veces. Y Él «siempre da más de lo que se le pide. Aquel pedía que el Señor se acordara de él cuando estuviera en su Reino, y el Señor le contestó: En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el Paraíso; y es que la vida verdadera consiste en estar con Cristo, porque donde está Cristo allí está su reino». Es tan grande el deseo del Maestro de tenernos con Él en la gloria, que nos da su Cuerpo como anticipo de la vida eterna.

Hemos de imitar a aquel hombre que reconoció sus faltas y supo merecer el perdón de sus culpas y su completa purificación. «He repetido muchas veces aquel verso del himno eucarístico: peto quod petivit latro poenitens, y siempre me conmuevo: ¡pedir como el ladrón arrepentido!

»Reconoció que él sí merecía aquel castigo atroz... Y con una palabra robó el corazón a Cristo y se abrió las puertas del Cielo». ¡Si nosotros, delante del mismo Jesús, consiguiéramos aborrecer sinceramente todo pecado venial deliberado y purificar ese fondo del alma en el que hay tantas cosas que oscurecen la imagen de Jesús: egoísmos, pereza, sensualidad, apegamientos desordenados...! «Jesús en el Sacramento es esta fuente abierta a todos, donde siempre que queramos podemos lavar nuestras almas de todas las manchas de los pecados que cada día cometemos».

La Comunión frecuente, realizada con las debidas disposiciones, nos llevará a desear una Confesión también frecuente y contrita, y esta mayor pureza de corazón crea, a su vez, unos vivos deseos de recibir a Jesús Sacramentado. El mismo sacramento eucarístico, recibido con fe y amor, purifica el alma de sus faltas, debilita la inclinación al mal, la diviniza y la prepara para los grandes ideales que el Espíritu Santo inspira en el alma del cristiano.

Pidamos al Señor un gran deseo de purificarnos en esta vida para que podamos librarnos del Purgatorio y estar cuanto antes en la compañía de Jesús y de María: «¡Ojalá, Jesús mío, fuera verdad que yo nunca os hubiera ofendido! Pero ya que el mal está hecho, os ruego que os olvidéis de los disgustos que os he causado y, por la muerte amarga que por mí habéis padecido, llevadme a vuestro reino después de la muerte; y mientras la vida me dure haced que vuestro amor reine siempre en mi alma». Ayúdame, Señor, a aborrecer todo pecado venial deliberado; dame un gran amor a la Confesión frecuente.

III. El Santo Cura de Ars recoge en sus sermones la piadosa leyenda de San Alejo, y saca unas consecuencias acerca de la Eucaristía. Se cuenta de este Santo que un día, oyendo una particular llamada del Señor, dejó su casa y vivió lejos como un humilde pordiosero. Pasados muchos años, regresó a su ciudad natal flaco y desfigurado por las penitencias y, sin darse a conocer, recibió albergue en el mismo palacio de sus padres. Diecisiete años vivió bajo la escalera. Al morir y ser amortajado el cuerpo, la madre reconoció al hijo y exclamó llena de dolor: «¡Oh, hijo mío, qué tarde te he conocido...!».

El Santo Cura de Ars comentaba que el alma, al salir de esta vida, verá por fin a Aquel que poseía cada día en la Sagrada Eucaristía, a quien hablaba, con el que se desahogaba cuando ya no podía con sus penas. Ante la vista de Jesús glorioso, el alma poco enamorada, de fe escasa, tendrá que exclamar: ¡Oh Jesús, que pena haberte conocido tan tarde...!, habiéndote tenido tan cerca.

Cuando estemos delante del Sagrario o miremos la Hostia Santa sobre el Altar hemos de ver a Cristo allí presente, el mismo de Belén y de Cafarnaún, el que resucitó al tercer día de entre los muertos y ahora está glorioso a la diestra de Dios Padre. Tantum ergo Sacramentum // veneremur cernui... Adoremos de rodillas este Sacramento -nos invita la liturgia-; y el Antiguo Testamento ceda el lugar al nuevo rito: la fe supla la flaqueza de nuestros sentidos. Una fe firme y llena de amor.

Jesús nos reveló que los limpios de corazón verán a Dios. Esta visión comienza ya aquí en la tierra y alcanza su perfección y plenitud en el Cielo. Cuando el corazón se llena de suciedad, se oscurece y desdibuja la figura de Cristo y se empobrece la capacidad de amar. «Ese Cristo, que tú ves, no es Jesús. —Será, en todo caso, la triste imagen que pueden formar tus ojos turbios... —Purifícate. Clarifica tu mirada con la humildad y la penitencia. Luego... no te faltarán las limpias luces del Amor. Y tendrás una visión perfecta. Tu imagen será realmente la suya: ¡Él!». Le reconoceremos, como el Buen Ladrón, en cualquier circunstancia.

¡Qué alegría tener a Cristo tan cerca!... y verle... y amarle... y servirle. Él nos escucha cuando en la intimidad de nuestra oración le decimos: Señor, acuérdate de mí, desde el Cielo y desde ese Sagrario más cercano donde estás también realmente presente. Para que purifiquemos en esta vida la huella dejada por los pecados, Él nos mueve a una mayor penitencia y a un amor más grande al sacramento del Perdón, a aceptar los dolores y contrariedades de la vida con espíritu de reparación, a buscar esas pequeñas mortificaciones que vencen el propio egoísmo, que ayudan a los demás, que permiten una mayor perfección en nuestra tarea diaria.

Si somos fieles a estas gracias, el día último de nuestra vida aquí en la tierra, quizá dentro de no mucho tiempo, oiremos a Jesús que nos dice: Hoy estarás conmigo en el Paraíso. Y le veremos y le amaremos con un gozo sin fin.

Al terminar nuestra oración le decimos a Jesús Sacramentado: Ave verum Corpus natum ex Maria Virgine... Salve, verdadero Cuerpo, nacido de María Virgen... Haz que te gustemos en el trance de la muerte. Al Ángel Custodio le pedimos que nos recuerde la cercanía de Cristo, para que jamás pasemos de largo. Y nuestra Madre Santa María, si acudimos a Ella, acrecentará la fe y nos enseñará a tratarle con más delicadeza, con más amor.

Meditaciones sobre la Sagrada Eucaristía. 4

LAS LLAGAS QUE VIO TOMÁS

— Fe con obras.

— Fe y Eucaristía.

— Trato con Jesús presente en el Sagrario.

IPlagas, sicut Thomas, non intueor, Deum tamen meum te confiteor... No veo las llagas como las vio Tomás, pero confieso que eres mi Dios; haz que yo crea más y más en Ti, que en Ti espere, que te ame.

Tomás no estaba presente cuando se apareció Jesús a sus discípulos. Y a pesar del testimonio de todos, que le aseguraban con firmeza: ¡Hemos visto al Señor!, este Apóstol se resistió a creer en la Resurrección del Maestro: Si no veo la señal de los clavos, y no meto mi dedo en esa señal de los clavos, y mi mano en su costado, no creeré.

Ocho días más tarde, el Señor se apareció de nuevo a sus discípulos. Tomás está ya entre ellos. Entonces Jesús se dirigió al Apóstol y, en un tono de reconvención singularmente amable, le dijo: Trae aquí tu dedo y mira mis manos, y trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente. Ante tanta delicadeza de Jesús, el discípulo exclamó: ¡Señor mío y Dios mío!. Era un acto de fe y de entrega. La respuesta de Tomás no fue una simple exclamación de sorpresa, era una afirmación, un profundo acto de fe en la divinidad de Jesucristo. ¡Señor mío y Dios mío! Estas palabras pueden servir como una espléndida jaculatoria; quizá nosotros la hemos repetido muchas veces en el momento de la Consagración o al hacer una genuflexión ante el Sagrario. En ese acto de fe también nosotros queremos decirle a Jesús que creemos firmemente en su presencia real allí y que puede disponer de nuestra vida entera.

Nosotros no vemos ni tocamos las llagas sacratísimas de Jesús, como Tomás, pero nuestra fe es firme como la del Apóstol después de ver al Señor, porque el Espíritu Santo nos sostiene con su constante ayuda. «Y –comenta San Gregorio Magno– nos alegra mucho lo que sigue: Bienaventurados los que sin haber visto creyeron. Sentencia en la que, sin duda, estamos incluidos nosotros, que confesamos con el alma al que no hemos visto en la carne. Se alude a nosotros, con tal que vivamos conforme a la fe; porque solo cree de verdad el que practica lo que cree».

Cuando estemos delante del Sagrario, miremos a Jesús, que se dirige a nosotros para fortalecer la fe, para que esta se manifieste en nuestros pensamientos, palabras y obras: en el modo de juzgar a otros con un espíritu amplio, lleno de caridad; en la conversación que anima siempre a los demás a ser personas honradas, a seguir a Jesús de cerca; en las obras, siendo ejemplares en terminar con perfección lo que tenemos encomendado, huyendo de las chapuzas, de los trabajos y obras mal acabadas. «Pongamos de nuevo los ojos en el Maestro. Quizá tú también escuches en este momento el reproche dirigido a Tomás: Mete aquí tu dedo, y registra mis manos (...); y, con el Apóstol, saldrá de tu alma, con sincera contrición, aquel grito: ¡Señor mío y Dios mío! (Jn 20, 28), te reconozco definitivamente por Maestro, y ya para siempre –con tu auxilio– voy a atesorar tus enseñanzas y me esforzaré en seguirlas con lealtad».

II. Jesús aseguró a Tomás que eran más dichosos aquellos que sin ver con los ojos de la carne tienen, sin embargo, esa aguda visión de la fe. Por eso les anunció durante la Última Cena: Conviene que Yo me vaya. Cuando estaba con sus discípulos y recorría los caminos de Palestina, la divinidad de Jesús estaba lo suficientemente oculta para que ellos ejercitaran constantemente la fe. Ver, oír, tocar significan poco si la gracia no actúa en el alma y no se tiene el corazón limpio y dispuesto para creer. Ni siquiera los milagros por sí mismos determinan a la fe si no hay buenas disposiciones. Después de la resurrección de Lázaro muchos judíos creyeron en Jesús, pero otros fueron a ver a los fariseos con ánimo de perderle. El resultado de la reunión del Sanedrín, que tuvo lugar a raíz de estos testimonios, se concreta en una frase recogida por San Juan: Desde aquel día decidieron darle muerte.

En el fondo, la suerte de aquellos que estuvieron con Él, le vieron, le oyeron y le hablaron es la misma que la nuestra. Lo que decide es la fe. Por eso escribe Santa Teresa que «cuando oía decir a algunas personas que quisieran ser en el tiempo que andaba Cristo nuestro bien en el mundo, me reía entre sí, pareciéndome que teniéndole tan verdaderamente en el Santísimo Sacramento como entonces, qué más se les daba».

Y el Santo Cura de Ars señala que incluso nosotros tenemos más suerte que aquellos que vivieron con Él durante su vida terrena, pues a veces habían de andar horas o días para encontrarle, mientras nosotros le tenemos tan cerca en cada Sagrario. Normalmente es bien poco lo que hemos de esforzarnos para encontrar al mismo Jesús.

Al Señor le vemos en esta vida a través de los velos de la fe, y un día, si somos fieles, le veremos glorioso, en una visión inefable. «Después de esta vida desaparecerán todos los velos para que podamos ver cara a cara». Todo ojo le verá, nos dice San Juan en el Apocalipsis, y sus siervos le servirán y verán su rostro. Mientras tanto, en esta vida, creemos en Él y le amamos sin haberle Visto. Pero un día le veremos con su cuerpo glorificado, con aquellas santísimas llagas que mostró a Tomás. Ahora le confesamos como a nuestro Dios y Señor: ¡Señor mío y Dios mío!, le diremos tantas veces. En este rato de oración le pedimos. Haz que yo crea más y más en Ti, con una fe más firme; que en Ti espere con una esperanza más segura y alegre; que te ame con todo mi ser.

Hoy, al considerar una vez más esa proximidad de Jesús en la Sagrada Eucaristía, hacemos el propósito de vivir muy unidos al Sagrario más cercano. Nos ayudará saber cuál es el más próximo a nuestro lugar de trabajo o a nuestro hogar. Tendremos siempre esta referencia en nuestro corazón: cuando practicamos algún deporte, mientras viajamos..., pues «es muy buena compañía la del buen Jesús para no separarnos de ella y de su sacratísima Madre», siempre cerca de su Hijo.

«Acude perseverantemente ante el Sagrario, de modo físico o con el corazón, para sentirte seguro, para sentirte sereno: pero también para sentirte amado..., ¡y para amar!».

III. Cuando Jesús iba a un lugar, sus amigos fieles estaban pendientes de su llegada. No podía ser de otro modo. Nos narra San Lucas que, en cierta ocasión, Jesús llegaba a Cafarnaún, en barca, desde la orilla opuesta y todos estaban esperándole. Nos imaginamos a cada uno de ellos con su propia alegría esperando al Maestro, con las peticiones que querían hacerle, con su anhelo por estar con Él. Allí –dice el Evangelista– hizo dos portentosos milagros: la curación de una mujer que se atrevió a tocar la orla de su vestido, y la resurrección de la hija de Jairo. Pero todos se sintieron confortados por las palabras de Jesús, por una mirada o por una pregunta acerca de los suyos... Quizá alguno se decidió aquel día a seguirle con más generosidad. Los amigos estaban atentos al Amigo.

Nosotros, que no le vemos físicamente, estamos tan cerca de Él como aquellos que le esperaban y salían a su encuentro al desembarcar. También nosotros hemos de cobrar cada vez más un sentido vivo de su presencia en nuestras ciudades y pueblos. Hemos de tratarle –Él lo quiere así– como a nuestro Dios y Señor, pero también como al Amigo por excelencia. «Cristo, Cristo resucitado, es el compañero, el Amigo. Un compañero que se deja ver solo entre sombras, pero cuya realidad llena toda nuestra vida, y que nos hace desear su compañía definitiva».

Cada día salimos a su encuentro. Y Él nos espera. Y nos echa de menos si alguna vez –¡qué enorme pena!– nos olvidáramos de tratarle con intimidad, «sin anonimato», con la misma realidad con la que tratamos a otras personas que encontramos en el trabajo, en el ascensor o en la calle. Para hallarle, poca ayuda vamos a recibir de los sentidos, en los que tanto solemos apoyarnos en la vida corriente. Muchas veces nos sentiremos «como ciegos delante del Amigo», y esa oscuridad inicial se irá transformando en una claridad que jamás tuvieron los sentidos. Dice Santa Teresa que fue tanta la humildad del buen Jesús, que quiso como pedir licencia para quedarse con nosotros. ¿Cómo no vamos a agradecerle tanta bondad, tanto amor?

Le decimos al terminar nuestra oración: Señor, «te trataríamos aunque tuviésemos que hacer muchas antesalas, aunque hubiera que pedir muchas audiencias. ¡Pero no hay que pedir ninguna! Eres tan todopoderoso, también en tu misericordia, que, siendo el Señor de los señores y el Rey de los que dominan, te humillas hasta esperar como un pobrecito que se arrima al quicio de nuestra puerta. No aguardamos nosotros; nos esperas Tú constantemente.

»Nos esperas en el Cielo, en el Paraíso. Nos esperas en la Hostia Santa. Nos esperas en la oración. Eres tan bueno que, cuando estás ahí escondido por Amor, oculto en las especies sacramentales –yo así lo creo firmemente–, al estar real, verdadera y sustancialmente, con tu Cuerpo y tu Sangre, con tu Alma y tu Divinidad, también está la Trinidad Beatísima: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Además, por la inhabitación del Paráclito, Dios se encuentra en el centro de nuestras almas, buscándonos». No le hagamos esperar nosotros. Y nuestra Madre Santa María nos anima constantemente a salir a su encuentro. ¡Cómo hemos de cuidar la diaria Visita al Santísimo!

Meditaciones sobre la Sagrada Eucaristía. 5

ALIMENTO PARA LOS DÉBILES

— La Sagrada Eucaristía, memorial de la Pasión.

— El Pan vivo.

— Sustento para el camino. Deseos grandes de recibir la Comunión. Evitar toda rutina.

IO memoriale mortis Domini! Panis vivus... ¡Oh memorial de la muerte del Señor, Pan vivo que das la vida al hombre, concede a mi alma que viva de ti, y que saboree siempre tu dulzura.

Desde los inicios de la Iglesia, los cristianos conservaron como un tesoro las palabras que el Señor pronunció en la Última Cena, por las que el pan y el vino se convirtieron por vez primera en su Cuerpo y en su Sangre sacratísima. Unos años después de aquella noche grande en que fue instituida la Sagrada Eucaristía, San Pablo recordaba a los primeros cristianos de Corinto lo que ya les había enseñado. Él mismo dice que recibió esta doctrina del Señor, es decir, de una tradición guardada celosamente, que se remontaba hasta el mismo Jesús. Dice el Apóstol: Porque yo recibí del Señor lo que también os transmití (esto es la tradición de la Iglesia: «recibir» y «transmitir»): que el Señor Jesús, la noche en que iba a ser entregado, tomó pan, y dando gracias, lo partió y dijo: Esto es mi cuerpo, que se da por vosotros; haced esto en conmemoración mía. Y de la misma manera, después de cenar, tomó el cáliz, diciendo: Este cáliz es la Nueva Alianza en mi sangre; cuantas veces lo bebáis, hacedlo en conmemoración mía. Son substancialmente las mismas palabras que cada sacerdote repite al hacer presente a Cristo sobre el altar.

Haced esto en conmemoración mía. La Santa Misa, la renovación incruenta del sacrificio del Calvario, es un banquete en el que el mismo Cristo se da como alimento, y un recuerdo –un memorial– que se hace realidad en cada altar en el que se renueva el misterio eucarístico. La palabra conmemoración tiene un sentido distinto del recuerdo subjetivo de un hecho o de un acontecimiento que hacemos presente trayéndolo de nuevo a la memoria. El Señor no encarga a los Apóstoles y a la Iglesia que recuerden simplemente aquel acontecimiento que presencian, sino que lo actualicen. La palabra conmemoración toma su sentido de un término hebreo que se usaba para designar la esencia de la fiesta de la Pascua, como recuerdo o memorial de la salida de Egipto y del pacto o alianza que Dios había hecho con su Pueblo. Con el rito pascual los israelitas no solamente recordaban un acontecimiento pasado, sino que tenían conciencia de actualizarlo y de revivirlo, para participar en él a lo largo de las generaciones.

En la cena pascual se actualizaba el pacto que Dios había hecho con ellos en el Sinaí. Cuando Jesús dice a los suyos haced esto en conmemoración mía, no se trata, pues, de recordar meramente la cena pascual de aquella noche, sino de renovar su propio sacrificio pascual del Calvario, que está ya presente, anticipadamente, en aquella Cena última. Enseña Santo Tomás que «Cristo instituyó este sacramento como el memorial perenne de su pasión, como el cumplimiento de las antiguas figuras y la más maravillosa de sus obras; y lo dejó a los suyos como singular consuelo en las tristezas de su ausencia».

La Santa Misa es el memorial de la Muerte del Señor, en el que tiene lugar, realmente, el banquete pascual, «en el cual se recibe como alimento a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da en prenda la gloria venidera».

Meditando en la Sagrada Eucaristía, nos unimos a la oración que nos propone la liturgia: Oh Dios, que en este Sacramento admirable nos dejaste el memorial de tu Pasión, te pedimos nos concedas venerar de tal modo los Sagrados Misterios de tu Cuerpo y de tu Sangre, que experimentemos constantemente en nosotros el fruto de tu Redención.

IITú les diste pan del Cielo, había escrito el salmista, pensando en aquella maravilla, blanca como el rocío, que un día encontraron los israelitas en el desierto cuando las provisiones escaseaban. Pero aquello, como lo declara el Señor en la sinagoga de Cafarnaún, no era el verdadero Pan del Cielo. En verdad os digo, que no os dio Moisés pan del Cielo, sino que mi Padre os da el verdadero Pan del Cielo. Pues el Pan de Dios es el que ha bajado del Cielo y da la vida al mundo. Ellos le dijeron: Señor, danos siempre de ese pan.

La verdadera realidad está en el Cielo; aquí encontramos muchas cosas que consideramos como definitivas y en realidad son copias pasajeras en relación con las que nos aguardan. Cuando, por ejemplo, Jesús habla a la samaritana del agua viva, no quiere decir agua fresca o agua corriente, como al principio supone la mujer; quiere indicarnos que no sabremos lo que realmente quiere decir agua hasta que tengamos experiencia directa de aquella realidad de la gracia de la cual el agua es solo una pálida imagen.

Lo mismo ocurre con el pan, que durante muchos siglos ha sido alimento básico, y a veces casi único, para el sustento de muchos pueblos. El pan que sirve de alimento y el maná que recogían cada día los israelitas en el desierto son signos e imágenes desvaídas para que pudiéramos entender lo que debe representar la Eucaristía, Pan vivo que da la vida al hombre, en nuestra existencia. Quienes oyen a Jesús saben que el maná que sus antepasados recogían todas las mañanas era símbolo de los bienes mesiánicos; por eso, en aquella ocasión pidieron a Jesús un portento semejante. Pero no podían sospechar que el maná era figura del don inefable de la Eucaristía, el pan que ha bajado del Cielo y da la Vida al mundo. «Aquel maná caía del cielo, este está por encima del Cielo; Aquel era corruptible, este no solo es ajeno a toda corrupción sino que comunica la incorrupción a todos los que lo comen con reverencia (...). Aquello era la sombra, esto es la realidad».

Este sacramento admirable es sin duda la acción más amorosa de Jesús, que se entrega no ya a la humanidad entera sino a cada hombre en particular. La Comunión es siempre única e irrepetible; cada una es un prodigio de amor; la del día de hoy es siempre diferente a la de ayer; nunca se repite del mismo modo la delicadeza de Jesús con nosotros, y tampoco se debe repetir el amor que se renueva incesantemente, sin rutina, cuando nos acercamos al banquete eucarístico.

Ecce panis angelorum... He aquí el pan de los ángeles, hecho alimento de los caminantes; es verdaderamente el Pan de los hijos, que no debe ser echado a los perros, canta la liturgia. Día tras día, año tras año, es nuestro alimento indispensable. El Profeta Elías realizó un viaje a través del desierto que duró cuarenta días con la energía que le proporcionó una sola comida que le fue enviada por el ángel del Señor. Y a los cristianos que vivan en lugares donde les sea imposible comulgar, el Señor les otorgará las gracias necesarias, pero normalmente la Sagrada Eucaristía es la que restablecerá nuestra debilidad en cada día de marcha por esta tierra en la que nos encontramos como peregrinos.

III... Pan vivo que das la vida al hombre, concede a mi alma que viva de Ti, y que saboree siempre tu dulzura.

Jesucristo, que se nos da en la Eucaristía, es nuestro alimento absolutamente imprescindible. Sin Él, muy pronto caemos en una extrema debilidad. «La comida material primero se convierte en el que la come y, en consecuencia, restaura sus pérdidas y acrecienta sus fuerzas vitales. La comida espiritual, en cambio, convierte en sí al que la come, y así el efecto propio de este sacramento es la conversión del hombre en Cristo, para que no viva él sino Cristo en él; y, en consecuencia, tiene el doble efecto de restaurar las pérdidas espirituales causadas por los pecados y deficiencias, y de aumentar las fuerzas de las virtudes».

Él nos fortalece para caminar, pues cada jornada recorremos un trozo de camino que nos acerca al Cielo. Dios, al final de la vida, debe encontrarnos en la plenitud del amor. Pero «el alimento para la marcha está destinado precisamente a la marcha y tenéis que haber estirado bien los músculos si queréis disfrutarlo. No hay nada que resulte más insípido que la comida de una excursión que, a causa del mal tiempo, habéis tenido que comer en casa. Tienes que ceñirte la cintura, dice Nuestro Señor; tenemos que ser peregrinos bona fide si queremos encontrar el alimento adecuado en la Sagrada Eucaristía». Nuestros deseos de mejorar cada día –de estar en cada jornada un poco más cerca del Señor– son la mejor preparación para la Comunión.

El «hambre de Dios», los deseos de santidad nos impulsan a tratar a Jesús con esmero, a desear vivamente que llegue el momento de acercarnos a recibirle; contaremos entonces las horas... y los minutos que faltan para tenerlo en nuestro corazón. Acudiremos al Ángel Custodio para que nos ayude a prepararnos bien, a dar gracias. Nos dará pena que pase tan deprisa ese rato en que Jesús Sacramentado permanece en el alma después de haber comulgado. Y durante el día nos acordaremos con nostalgia de aquellos momentos en que tuvimos a Jesús tan cerca que nos identificamos con Él, y esperaremos, impacientes, que llegue la nueva oportunidad de recibirle. ¡No permitamos jamás que se metan la rutina ni la dejadez ni la precipitación en estos instantes que son los más grandes de la vida del hombre!

Es de bien nacido el ser agradecido, y nosotros debemos agradecer a Jesús «el hecho maravilloso de que se nos entregue Él mismo. ¡Que venga a nuestro pecho el Verbo encarnado!... ¡Que se encierre, en nuestra pequeñez, el que ha creado cielos y tierra!... La Virgen María fue concebida inmaculada para albergar en su seno a Cristo. Si la acción de la gracia ha de ser proporcional a la diferencia entre el don y los méritos, ¿no deberíamos convertir todo nuestro día en una Eucaristía continua? No os alejéis del templo apenas recibido el Santo Sacramento. ¿Tan importante es lo que os espera, que no podéis dedicar al Señor diez minutos para decirle gracias? No seamos mezquinos. Amor con amor se paga». ¡No tengamos jamás prisa al dar gracias a Jesús después de la Comunión! ¡Nada es más importante que saborear esos minutos con Él!

Meditaciones sobre la Sagrada Eucaristía. 6

«SEÑOR JESÚS, LÍMPIAME...»

— La entrega de Cristo en la Cruz, renovada en la Eucaristía, purifica nuestras flaquezas.

— Jesús en Persona viene a curarnos, a consolarnos, a darnos fuerzas.

— La Humanidad Santísima de Cristo en la Eucaristía.

IPie pellicane, Iesu Domine, me immundum munda tuo sanguine... Señor Jesús, bondadoso pelícano, a mí, inmundo, límpiame con tu sangre, de la que una sola gota puede salvar de todos los crímenes al mundo entero.

Cuenta una vieja leyenda que el pelícano devolvía la vida a sus hijos muertos hiriéndose a sí mismo y rociándolos con su sangre. Esta imagen fue aplicada desde muy antiguo a Jesucristo por los cristianos. Una sola gota de la Sangre Santísima de Jesús, derramada en el Calvario, hubiera bastado para reparar por todos los crímenes, odios, impurezas, envidias..., de todos los hombres de todos los tiempos, de los pasados y de los que han de venir. Pero Cristo quiso más: derramó hasta la última gota de su Sangre por la humanidad y por cada hombre, como si solo hubiera existido él en la tierra: ...este es el cáliz de mi sangre, sangre de la alianza nueva y eterna, que será derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados, dirá Jesús en la Última Cena, y repite cada día el sacerdote en la Santa Misa, renovando este sacrificio del Señor hasta el fin de los tiempos. Al día siguiente, en el Calvario, cuando había ya entregado su vida al Padre, uno de los soldados le abrió el costado con la lanza, y al instante brotó sangre y agua, la última que le quedaba. Los Padres de la Iglesia ven brotar los sacramentos y la misma vida de la Iglesia de este costado abierto de Cristo: «¡Oh muerte que da vida a los muertos! –exclama San Agustín–. ¿Qué cosa más pura que esta sangre? ¿Qué herida más saludable que esta?». Por ella somos sanados.

Santo Tomás de Aquino, comentando este pasaje del Evangelio, resalta que San Juan señala de un modo significativo aperuit, non vulneravit, que abrió el costado, no que lo hirió, «porque por este costado se abrió para nosotros la puerta de la vida eterna». Todo esto ocurrió –afirma el Santo en el mismo lugar– para mostrarnos que a través de la Pasión de Cristo conseguimos el lavado de nuestros pecados y manchas.

Los judíos consideraban que en la sangre estaba la vida. Jesús derrama su sangre por nosotros, entrega su vida por la nuestra. Ha demostrado su amor por nosotros al lavarnos de nuestros pecados con su propia sangre y resucitarnos a una vida nueva. San Pablo afirma que Jesús fue expuesto públicamente por nosotros en la Cruz: colgaba allí como un anuncio para llamar la atención de todo el que pasara delante. Para llamar nuestra atención. Por eso le decimos hoy, en la intimidad de la oración: Señor Jesús, bondadoso pelícano, a mí, inmundo, que me encuentro lleno de flaquezas, límpiame con tu sangre...

II. El Señor viene en la Sagrada Eucaristía como Médico para limpiar y sanar las heridas que tanto daño hacen al alma. Cuando hemos ido a visitarlo, nos purifica su mirada desde el Sagrario. Pero cada día, si queremos, hace mucho más: viene a nuestro corazón y lo llena de gracias. Antes de comulgar, el sacerdote nos presenta la Sagrada Forma y nos repite unas palabras que recuerdan las que el Bautista dijo al oído de Juan y de Andrés, señalando a Jesús que pasaba: Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Y los fieles responden con aquellas otras del centurión de Cafarnaún, llenas de fe y de amor. Señor, no soy digno de que entres en mi casa... En aquella ocasión, Jesús se limitó a curar a distancia al siervo de este gentil, lleno de una fe grande. Pero en la Comunión, a pesar de que le decimos a Jesús que no somos dignos, que nunca tendremos el alma suficientemente preparada, Él desea llegar en Persona, con su Cuerpo y su Alma, a nuestro corazón manchado por tantas indelicadezas. Todos los días repite las palabras que dirigió a sus discípulos al comenzar la Última Cena: Desiderio desideravi... He deseado ardientemente comer esta Pascua con vosotros.... ¡Cómo puede llenar nuestro corazón de gozo y de amor el meditar con frecuencia el inmenso deseo que tiene Jesús de venir a nuestra alma!

Bien se puede pensar que «el milagro de la transubstanciación se ha realizado exclusivamente para vosotros. Jesús vino y habitó solo para vosotros (...). Ningún intermediario, ningún agente secundario nos comunicará la influencia que nuestra alma necesita; vendrá Él mismo. ¡Cuánto debe querernos para hacer esto! ¡Qué decidido debe estar a que por parte suya no falte nada, que no tengamos ninguna excusa para rechazar lo que nos ofrece, cuando lo trae Él mismo! ¡Y nosotros tan ciegos, tan vacilantes, tan desdeñosos, tan poco dispuestos a darnos plenamente a Aquel que se da totalmente a nosotros!».

Las faltas y miserias cotidianas, de las que nadie está nunca libre, no son obstáculo para recibir la Comunión. «No por reconocernos pecadores hemos de abstenernos de la Comunión del Señor, sino más bien aprestarnos a ella cada vez con mayor deseo. Para remedio del alma y purificación del espíritu, pero con tal humildad y tal fe que, juzgándonos indignos de recibir tan gran favor, vayamos más bien a buscar el remedio de nuestras heridas». Solo los pecados graves impiden la digna recepción de la Sagrada Eucaristía, si antes no ha tenido lugar la Confesión sacramental, en la que el sacerdote, haciendo las veces de Cristo, perdona los pecados.

La Redención, su Sangre derramada, se nos aplica de muchas maneras. De modo muy particular en la Santa Misa, renovación incruenta del sacrificio del Calvario. En el momento de la Comunión de manos del sacerdote, el alma se convierte en un segundo Cielo, lleno de resplandor y de gloria, ante el cual los ángeles sienten sorpresa y admiración. «Cuando le recibas, dile: Señor, espero en Ti; te adoro, te amo, auméntame la fe. Sé el apoyo de mi debilidad, Tú, que te has quedado en la Eucaristía, inerme, para remediar la flaqueza de las criaturas».

III... Me immundum, munda tuo sanguine..., a mí, inmundo, límpiame con tu sangre...

Debemos pedir al Señor un gran deseo de limpieza en nuestro corazón. Al menos como aquel leproso que un día, en Cafarnaún, se postró delante de Él y le suplicó que le limpiara de su enfermedad, que debía de estar ya muy avanzada, pues el Evangelista dice que estaba cubierto de lepra. Y Jesús extendió la mano, tocó su podredumbre, y dijo: Quiero, queda limpio. Y al instante desapareció de él la lepra. Y eso hará el Señor con nosotros, pues no solamente nos toca sino que viene a habitar en nuestra alma y derrama en ella sus gracias y dones.

En el momento de la Comunión estamos realmente en posesión de la Vida. «Tenemos al Verbo encarnado todo entero, con todo lo que Él es y todo lo que hace, Jesús Dios y hombre, todas las gracias de su Humanidad y todos los tesoros de su Divinidad, o, para hablar con San Pablo, la riqueza insondable de Cristo (Ef 3, 8)». En primer lugar, Jesús está en nosotros como hombre. La Comunión derrama en nosotros la vida actual, celestial y glorificada de su Humanidad, de su Corazón y de su Alma. En el Cielo están los ángeles inundados de felicidad por la irradiación de esta Vida.

Algunos santos tuvieron la visión del Cuerpo glorificado de Cristo como está en el Cielo, resplandeciente de gloria, y como está en el alma en el momento de la Comunión, mientras permanecen en nosotros las sagradas especies. Dice Santa Ángela de Foligno: «era una hermosura que hacía morir la palabra humana», y durante mucho tiempo conservó de esta visión «una alegría inmensa, una luz sublime, un deleite indecible y continuo, un deleite deslumbrante que sobrepuja a todo deslumbramiento». Este es el mismo Jesús que cada día nos visita en este sacramento y obra las mismas maravillas.

También viene el Señor a nuestra alma como Dios. Especialmente en esos momentos estamos unidos a la vida divina de Jesús, a su vida como Hijo Unigénito del Padre. «Él mismo nos dice: Yo vivo por el Padre (Jn 6, 58). Desde la eternidad, el Padre da a su Hijo la vida que tiene en su seno. Y se la da totalmente, sin medida, y con tal generosidad de amor que, permaneciendo distintos, no forman más que una divinidad con una misma vida, plenitud de amor, de la alegría y de la paz.

»Esta es la vida que nosotros recibimos».

Ante un misterio tan insondable, ante tantos dones, ¿cómo no vamos a desear la Confesión, que nos dispone para recibir mejor a Jesús? ¿Cómo no le vamos a pedir, cuando esté en el alma en gracia, que purifique tantas manchas, tantas flaquezas? Si el leproso quedó curado al ser tocado por la mano de Jesús, ¿cómo no va a quedar purificado nuestro corazón, si nuestra falta de fe y de amor no lo impide? Hoy le decimos a Jesús, en la intimidad de la oración: «Señor, si quieres –y Tú quieres siempre–, puedes curarme. Tú conoces mi flaqueza; siento estos síntomas, padezco estas otras debilidades. Y le mostramos sencillamente las llagas; y el pus, si hay pus. Señor, Tú que has curado a tantas almas, haz que, al tenerte en mi pecho o al contemplarte en el Sagrario, te reconozca como Médico divino»

Meditaciones sobre la Sagrada Eucaristía. 7

PRENDA DE VIDA ETERNA

— Un adelanto del Cielo.

— Participación en la Vida que nunca acaba.

— María y la Eucaristía.

IIesu, quem velatum nunc aspicio... Jesús, a quien ahora veo escondido, te pido que se cumpla lo que tanto ansío: que al mirarte, con el rostro ya descubierto, sea yo feliz con la visión de tu gloria. Amén.

Un día, por la misericordia divina, veremos a Jesús cara a cara, sin velo alguno, tal como está en el Cielo, con su Cuerpo glorificado, con las señales de los clavos, con su mirada amable, con su actitud acogedora de siempre. Le distinguiremos enseguida, y Él nos reconocerá y saldrá a nuestro encuentro, después de tanta espera. Ahora le vemos escondido, oculto a los sentidos. Lo encontramos cada día en mil situaciones: en el trabajo, en los pequeños servicios que prestamos a quienes están junto a nosotros, en todos los que comparten con nosotros la misma fatiga y los mismos gozos... Pero le hallamos sobre todo en la Sagrada Eucaristía. Allí nos espera y se nos da por entero en la Comunión, que es ya un adelanto de la gloria del Cielo. Cuando le adoramos, tomamos parte de la liturgia que se celebra en la Jerusalén celestial, hacia la cual nos dirigimos como peregrinos y donde Cristo está sentado a la derecha de Dios Padre. Aquí en la tierra nos unimos ya al coro de los ángeles que le alaban sin fin en el Cielo, pues este sacramento «aúna el tiempo y la eternidad».

La Sagrada Eucaristía es ya un adelanto y garantía del amor que nos aguarda; en ella «se nos da una prenda de la gloria futura». Nos da fuerzas y consuelo, nos mantiene vivo el recuerdo de Jesús, es el viático, las «viandas» necesarias para recorrer el camino, que en ocasiones puede hacerse cuesta arriba. «Al anunciar la Iglesia en la celebración eucarística la muerte del Señor, proclama también su venida. Anuncio que va dirigido al mundo y a sus propios hijos, es decir, a sí misma». Nos recuerda que nuestros cuerpos, recibiendo este sacramento, «no son ya corruptibles, sino que poseen la esperanza de la resurrección para siempre». El Señor lo reveló claramente en la sinagoga de Cafarnaún: El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y Yo le resucitaré en el último día.

Jesús, a quien ahora vemos oculto –Iesu quem velatum nunc aspicio...–, no ha querido esperar el encuentro definitivo, que tendrá lugar después de la jornada de trabajos aquí en la tierra, para unirse íntimamente con nosotros. Ahora, en el Santísimo Sacramento, nos hace entrever lo que será la posesión en el Cielo. En el Sagrario, oculto a los sentidos pero no a la fe, nos espera en cualquier momento en que queramos visitarle. «Allí está como detrás de un muro, y desde allí nos mira como a través de celosías (Cant 2, 9). Aun cuando nosotros no lo veamos, Él nos mira desde allí, y allí se encuentra realmente presente, para permitir que le poseamos, si bien se oculta para que le deseemos. Y hasta que no lleguemos a la patria celestial, Jesús quiere de este modo entregársenos completamente y vivir así unido a nosotros».

II. El Señor nos enseña con frecuencia en el Evangelio que muchas cosas que nosotros consideramos reales y definitivas son como imágenes y copias de las que nos aguardan en el Cielo. Cristo es la verdadera realidad, y el Cielo es la Vida auténtica y definitiva; la felicidad eterna, la que realmente tiene contenido, a cuya sombra la de esta vida no es sino un mal sueño. Cuando el Señor nos dice: El que come de este pan vivirá para siempre, nos habla del Alimento por excelencia y de la Vida que nunca acaba y que es la plenitud del existir.

Para agradecer de todo corazón el inmenso regalo de Jesús presente en la Sagrada Eucaristía, pensemos que se nos da ya como Vida definitiva, como anticipo de la que tendremos un día para siempre en la eternidad; ante esta consideración, «todo el clamor y el estrépito de las calles, todas las grandes fábricas que dominan nuestros paisajes –escribe R. Knox–, son solo ecos y sombras si pensamos por un momento en ellas a la luz de la eternidad; la realidad está aquí, está encima del altar, en esa parte del mismo que nuestros ojos no pueden ver ni nuestros sentidos distinguir. El epitafio colocado en la tumba del Cardenal Newman debería ser el de todo católico –afirma este autor inglés–: Ex umbris el imaginibus in veritatem, desde las sombras y las apariencias hacia la verdad. Cuando la muerte nos lleve a otro mundo, el efecto no será el de una persona que se duerme y tiene sueños, sino el de una persona que se despierta de un sueño a la plena luz del día. En este mundo estamos tan rodeados por las cosas de los sentidos, que las tomamos por la realidad absoluta. Pero algunas veces tenemos un destello que corrige esta perspectiva errónea. Y, sobre todo, cuando vemos al Santísimo Sacramento entronizado, debemos mirar a ese disco blanco que brilla en la Custodia como si fuera una ventana a través de la cual, por un momento, llega hasta aquí la luz del otro mundo», el que contiene toda plenitud.

Cuando contemplamos la Sagrada Forma en el altar o en la Custodia, vemos a Cristo mismo que nos anima y alienta a vivir en la tierra con la mirada en los Cielos, en Él mismo, a quien veremos glorioso, rodeado de los ángeles y de los santos. Aquí en la tierra es Cristo en persona quien acoge al hombre, maltratado por las asperezas del camino, y lo conforta con el calor de su comprensión y de su amor. En la Eucaristía hallan su plena actuación las dulcísimas palabras: Venid a Mí, todos los que estáis fatigados y cargados, que Yo os aliviaré. Ese alivio personal y profundo, que es la única medicina verdadera de toda nuestra fatiga por los caminos del mundo, lo podemos encontrar –al menos como participación y pregustación– en ese Pan divino que Cristo nos ofrece en la mesa eucarística. No dejemos de recibirle como merece.

III. Muy próxima a Jesús encontramos siempre a Nuestra Señora: en el Cielo y aquí en la tierra, en la Sagrada Eucaristía. Los Hechos de los Apóstoles nos señalan que después de la Ascensión de Jesús al Cielo, María se encuentra junto a los Apóstoles, unida a ellos –ejerciendo ya su oficio como Madre de la Iglesia– en la oración y en la fracción del pan, «comulgando en medio de los fieles con el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de su propio Hijo (...). María reconocía en el Cristo de la Misa y de sus comuniones eucarísticas al Cristo de todos los misterios de la Redención. ¿Qué mirada humana osaría medir la profundidad de la intimidad en que el alma de la Madre y la del Hijo se volvían a encontrar en la Eucaristía?». ¿Cómo sería la Comunión de Nuestra Señora mientras permaneció aquí en la tierra?

Después de su Asunción a los Cielos, María contempla cara a cara, de nuevo, a Jesús glorioso, está íntimamente unida a Él, y en Él conoce todo el plan redentor, en el centro del cual se hallan la Encarnación y su Maternidad divina. En torno a Él, en el Cielo y en la tierra, los ángeles y los santos le alaban sin cesar. María, más que todos juntos, ama y adora a su Hijo realmente presente en el Cielo y en la Eucaristía, y nos enseña a tener en nosotros los mismos sentimientos que Ella tuvo en Nazareth, en Belén, en el Calvario, en el Cenáculo; nos anima a tratarle con el amor con el que Ella adora a su Hijo en el Cielo y en el Sacramento del Altar. Mirando esta inmensa piedad de Nuestra Señora, podemos nosotros repetir: Yo quisiera, Señor, recibiros, con aquella pureza, humildad y devoción con que os recibió vuestra Santísima Madre...

La Virgen Santísima, cerca siempre de su Hijo, nos alienta y nos enseña a recibirle, a visitarle, a tenerle como centro de nuestro día, al que dirigimos frecuentemente nuestros pensamientos, al que acudimos en las necesidades. En el Cielo, muy cerca de Jesús, veremos a María y, junto a Ella, a nuestro Padre y Señor San José. La gloria del Cielo será, en cierto modo, la continuación del trato que aquí en la tierra tenemos con ellos.

«Muchas veces los autores medievales han comparado a María con la Nave bíblica que trae el Pan desde lejos. Realmente así es. María es la que nos trae el Pan Eucarístico; es la Mediadora; es la Madre de la vida divina que Él da a las almas. Sobre todo, a la luz de la Maternidad espiritual de María nos agrada considerar las relaciones entre María y la Eucaristía; como Madre, nos dice Ella: venid, comed el Pan que yo os he preparado, comed bastante, que os dará la vida verdadera».

Es la invitación maternal que nos hace llegar en estos días en los que todavía tenemos presente la pasada festividad del Corpus et Sanguis Christi y siempre.