Siempre me ha asombrado la autoridad que debía emanar de la persona de Jesús. Rodeado de enemigos, deseosos de matarlo, pero Él se escabulle. Qué respeto debía de imponer.

Es que, aunque a muchos les disgustara, la vida de Cristo confirma la obra de Dios, con su vida y con su Palabra. Con su actividad, se dividen los ánimos: se ofrece bastante luz para poder creer, pero también la suficiente oscuridad para justificar el rechazo de adhesión a Cristo. También el fragmento que hemos leído hoy concluye afirmando que “muchos creyeron en él”, pero no todos. Algunos se dejan convencer, mientras que otros se atrincheran en su postura. Estos últimos actúan de buena fe, porque desean “defender a su” Dios. Durante la última cena Jesús dirá a sus discípulos: “Llegará la hora en la que os quiten la vida pensando que dan culto a Dios”.
¿Acaso estas tendencias referentes a la fe no se encuentran, aunque sea en grado menor, en nuestro corazón?

Nuestra fe pasa con frecuencia por altibajos. Es como si la muchedumbre de la que habla Juan estuviera dentro de nosotros. Jesús con su ejemplo nos enseña cómo superar oscilaciones tan peligrosas dictadas por el sentimiento o por el estado de ánimo, o el escepticismo sutil que se respira en la mentalidad de nuestros días. La fe cristiana, para que arraigue en lo hondo de nuestro ser y permanezca firme, a pesar de los temporales de superficie, precisa fundarse sólidamente en la Sagrada Escritura, que llega en el Nuevo Testamento a su cumplimiento y plenitud. Frecuentar asiduamente la Palabra de Dios es fortalecer nuestra fe en esta Palabra que tiene rostro: el del Hijo igual al Padre.

Jesús fue fiel. Siempre. Se dedicó a la obra de Dios. Porque supo apoyarse en los soportes adecuados. Tú también tienes esos soportes: oración, sacramentos, Palabra de Dios. Se está terminando la Cuaresma. Lucha hasta el último segundo. Las fuerzas te las da el mismo Jesús, que te dejó su Espíritu.

VIERNES DE CONCILIO, VIERNES DE DOLORES O
VIERNES DE PASIÓN.

Viernes de Concilio marca el inicio de la Semana Santa.

“Se le llama Viernes de Concilio porque ese día se reunió el poder supremo y decidió condenar a Jesús a muerte. También, es momento propicio para recordar el dolor de la Virgen María por la sentencia a su Hijo”.

El Viernes de Dolores o Viernes de Pasión, es el viernes anterior al Domingo de Ramos, comprendido dentro de la última semana de la Cuaresma, conocida por la Iglesia como Semana de Pasión. En algunas regiones es considerado como el inicio de la Semana Santa o Semana Mayor, al iniciarse en éste las procesiones.

Los católicos manifiestan su fervor religioso en la celebración de los Dolores de Nuestra Señora, incluyendo por ejemplo en la liturgia de la Misa la secuencia del Stabat Mater.

En algunos lugares se le denomina Viernes de Concilio, el cual es tomado como día de ayuno y abstinencia, quedando proscrito el consumo de carnes.

Esta antigua celebración mariana tuvo mucho arraigo en toda Europa y América, y aún hoy muchas de las devociones de la Santísima Virgen del tiempo de Semana Santa, tienen su día festivo o principal durante el Viernes de Dolores, que conmemora los sufrimientos de la Madre de Cristo durante la Semana Santa.

El Concilio Vaticano II consideró, dentro de las diversas modificaciones al calendario litúrgico, suprimir las fiestas consideradas "duplicadas", esto es, que se celebren dos veces en un mismo año; por ello la fiesta primigenia de los Dolores de Nuestra Señora el viernes antes del Domingo de Ramos fue suprimida, siendo reemplazada por la moderna fiesta de Nuestra Señora de los Dolores el 15 de septiembre.

 

A pesar de ello, la Santa Sede contempla que, en los lugares donde se halle fervorosamente fecunda la devoción a los Dolores de María, este día puede celebrarse sin ningún inconveniente con todas las prerrogativas que le son propias.

En la Pasión y Crucifixión hay dos personajes que pagaron con sus propias vidas el precio de nuestra redención: Cristo, nuestro salvador y redentor, que con su sangre preciosa lavó nuestros pecados y nos abrió la puerta del cielo. Y María, la madre dolorosa, la corredentora, que por su amor inmenso hacia Jesús, padeció la agonía de su hijo, y así, consumida de dolor, inmersa en el cáliz de la sangre redentora de su hijo, comparte plenamente el sacrificio salvífico de Jesús... ¡y todo por amor a nosotros!

El camino del Calvario no solo fue recorrido por Cristo. La vía dolorosa también la recorre María, acompañando y consolando a su hijo. Su campañía y su consuelo son silentes y escondidos; desde un rincón de la calle, Ella camina presenciando todo el dolor de su hijo. María, desde su lugar, vive la pasión de su amado hijo dándole la fuerza y la gracia de su amor.

 

Primera Estación: "Jesús es condenado a muerte" Oh, Madre Dolorosa... ¿qué sintió tu corazón cuando escuchaste la sentencia de muerte que imponían a tu adorado hijo? Tú que le diste vida, que lo llevaste en tus entrañas, que lo amamantaste, que lo viste crecer, caminar, hablar... serías testigo de su muerte. ¡Qué dolor, Madre, para ti, verlo recorrer el camino pedregoso y estrecho que lo llevaría hacia su crucifixión! María, Madre del injustamente condenado, sé que hubieras querido tomar el lugar de Jesús, pero sabias que era el momento de su martirio. Y todo lo guardaste silenciosamente en tu corazón... ¡Todo lo hiciste porque confiabas en el amor del Padre!

 

Segunda Estación: "Jesús carga con su cruz" Oh, Madre Dolorosa... tú que has sentido el gran dolor de ver a tu hijo con una corona de espinas enterrada en su cabeza; tú que has visto su cuerpo con latigazos, sangrando, y su carne con llagas... ahora tienes que ver cómo, sin ninguna consideración, en esa piel tan herida y adolorida, le colocan una cruz. Tú, Madre, sientes en tu corazón el peso apremiante de ese madero que colocan sobre los hombros de tu amado hijo. Y tú, María, sin poder tomar su cruz, aunque eso era lo que tu corazón deseaba hacer. Y todo lo guardaste silenciosamente en tu corazón... ¡Todo lo hiciste porque confiabas en el amor del Padre!

 

Tercera Estación: "Jesús cae por primera vez" Oh, Madre Dolorosa... tú que viviste para cuidar a tu hijo, ¡qué duro fue para ti verlo indefenso! María, todo tu ser reaccionó y quisiste ir a recoger a Jesús, acariciarlo, mitigarle su dolor, igual que cuando niño se caía y lo limpiabas, lo curabas. Pero no podías hacerlo, debías solo orar y pedirle al Padre Celestial que le diera las fuerzas necesarias para continuar... Y todo lo guardaste silenciosamente en tu corazón... ¡Todo lo hiciste porque confiabas en el amor del Padre!

 

Cuarta Estación: "Jesús se encuentra con su Madre" Oh, Madre Dolorosa... tú corazón no aguanta más el deseo de darle un poco de cariño a tu hijo. Entonces te adentras entre la multitud gritando el nombre que tantas veces llamabas para que fuera a comer, a estudiar: "¡Jesús, Jesús, mi hijo...!", y por fin logras llegar a donde está tu hijo Jesús. Tus ojos llenos de lágrimas y angustia… sus ojos llenos de dolor, de soledad, mendigando de los hombres un poco de amor... En ese momento tomaste fuerzas del amor que le tienes y con tu mirada silenciosa, pero mucho más elocuente que las palabras, le dices: "Adelante, hijo, hay un propósito para todo este dolor... la salvación de los hombres, de aquellos a quienes quieres devolverles el poder ser hijos de tu Padre Celestial. Y regresas, Madre, silenciosa a tu lugar, escondida entre la muchedumbre, guardando todo esto en tu corazón... ¡Todo lo hiciste porque confiabas en el amor del Padre!

 

Quinta Estación: "Simón Cirineo ayuda a Jesús a llevar la cruz" Oh, Madre Dolorosa... qué alivio sentiste cuando viste que un hombre iba a ayudar a tu pobre y destrozado hijo a cargar con esa cruz tan pesada. No sabes quién es ese hombre, sabes que no lo hace por amor o por compasión, pues lo están obligando a llevar la cruz de tu hijo. Lo único que sabes es que jamás olvidarás el rostro de aquel hombre que alivió el dolor de tu hijo... Por eso oras y pides a Dios que mientras carga la cruz, la sangre de Jesús, que corre por el madero, toque su corazón y le haga comprender cuánto amor se revela en esa cruz, cuánta misericordia se manifiesta en ese evento del cual él está siendo partícipe. Y tú, Madre, recordarás por siempre el rostro de aquel extraño que desde ese momento se convirtió para ti en un hijo. Y todo lo guardaste silenciosamente en tu corazón... ¡Todo lo hiciste porque confiabas en el amor del Padre!

 

Sexta Estación: "Verónica limpia el rostro de Jesús" Oh, Madre Dolorosa, has estado orando y suplicando al Padre que mueva el corazón de alguien para que generosamente corra a auxiliar a tu hijo. Deseabas que fuera una mujer, para que con su delicadeza maternal aliviara la aspereza y brusquedad que ha recibido Jesús. Y cuando ves a la Verónica acercarse a limpiar el rostro desfigurado de tu hijo, sientes que tu corazón va a estallar. Ves cómo su velo blanco y limpio se posa sobre el rostro sangriento y sudado de tu amado Jesús... Y sabes, Madre, que ante una acción tan amorosa, tu hijo va a dejar una huella de su presencia... El rostro de tu hijo, grabado en un velo blanco... así como está grabado en tu Inmaculado Corazón. Y todo lo guardaste silenciosamente en tu corazón... ¡Todo lo hiciste porque confiabas en el amor del Padre!

 

Séptima Estación: "Jesús cae por segunda vez" Oh, Madre Dolorosa... sientes que con Jesús también vas a caer... Tratas de ir a socorrerlo, pero un soldado te detuvo. Tu corazón parece que va a desfallecer; puedes imaginarte el dolor que debe sentir tu hijo Jesús al caer y volver a caer sobre las piedras, rasgándose las rodillas y abriéndosele más las llagas de los azotes. Madre, ¿qué sentías, qué deseabas...? Solo si pudieras llegar a donde estaba tu amado hijo y le dieras un poco de agua, un poco de ternura... Madre, tú querías darle todo con tal de aliviar su sufrimiento y su fatiga... Y todo lo guardaste silenciosamente en tu corazón... ¡Todo lo hiciste porque confiabas en el amor del Padre! 

 

Octava Estación: "Las mujeres de Jerusalén lloran por Jesús" Oh, Madre Dolorosa... tus lágrimas han ido humedeciendo el camino tan seco y árido que recorre tu hijo; tus lágrimas de amor y sacrificio van mezclándose con la sangre de tu hijo que cae sobre la tierra. Sufres al ver la frialdad de los hombres ante un espectáculo tan doloroso, pero de pronto ves que unas mujeres lloran de compasión al ver a tu hijo tan destrozado y descubres que Jesús se detiene ante ellas... Les dice que no lloren por El, sino que lloren más bien por ellas y por sus hijos... Quizás ellas no entendieron, Madre, pero tú sí comprendiste la profundidad de aquellas palabras de tu hijo. Sabías en tu corazón que El las llamaba a un arrepentimiento verdadero, a que lloraran más bien por sus propios pecados. Tu amado hijo, en medio de su gran sufrimiento, seguía siendo el gran maestro de los hombres... Y todo lo guardaste silenciosamente en tu corazón... ¡Todo lo hiciste porque confiabas en el amor del Padre!

 

Novena Estación: "Jesús cae por tercera vez" Oh, Madre Dolorosa... ves cómo los soldados obligan a tu hijo a apresurar el paso para acabar con tan incómoda misión. Lo hacen caminar tan rápido, que Jesús, en su debilidad y agotamiento, tropieza y cae de nuevo. Los soldados le gritan y lo golpean para que se levante... y tú, Madre sufriente, lo único que deseas es susurrar en el oído de tu hijo aquellos cánticos de amor, aquellos versos tiernos y dulces que le cantabas por las noches cuando era un niño. Deseabas abrazarlo y ayudarlo a levantarse para que llegara a su meta final: la cruz. Ya le queda muy poco, y tu corazón está tan desgarrado de compasión por tu hijo, que lo único que deseas es que ya llegue a su descanso... Y todo lo guardaste silenciosamente en tu corazón... ¡Todo lo hiciste porque confiabas en el amor del Padre!

 

Décima Estación: "Jesús es despojado de sus vestiduras" Oh, querida Madre Dolorosa... en este momento recuerdas ese glorioso momento cuando tuviste a Jesús por primera vez en tus brazos, en medio de la pobreza del portal de Belén. Lo envolviste en pañales y lo colocaste en un pesebre. Querías que no pasara frío, que no estuviera desnudo, sino que esa ropita que le habías hecho con tanto amor cubriera su inmaculado cuerpo. Qué dolor para ti, María, ver a tu hijo despojado de su ropa... tú que viviste para cubrirlo, protegerlo y cuidarlo, hoy lo ves indefenso, desnudo... muriendo en la misma pobreza en que nació. Y de pronto ves, Madre, en el rostro de Jesús un gesto de profundo dolor, y es que al quitarle la túnica, también arrancaron pedazos de su cuerpo que se habían pegado a la tela... Y todo lo guardaste silenciosamente en tu corazón... ¡Todo lo hiciste porque confiabas en el amor del Padre!

 

Undécima Estación: "Jesús es clavado en la cruz" Oh, Madre Dolorosa... te preguntas si no es suficiente todo lo que le han hecho, pues todavía falta más... Ves cómo colocan a tu hijo en la cruz; ni siquiera podrá pasar sus últimos momentos con algún descanso. No, ahora ves cómo amarran a la cruz su cuerpo herido. Pero, Virgen Mártir, tu corazón se detuvo al oír los martillazos que atravesaban sus huesos. Sus manos y sus pies estaban completamente taladrados por esos clavos. Tú, María, recibes esos clavos como si verdaderamente te los clavaran. Quisieras decirles a los soldados que todo eso no era necesario... No tenían que usar clavos para mantener a tu hijo Jesús en la cruz, pues su amor por los hombres lo hubiera sostenido allí, en la cruz hasta la muerte... Y todo lo guardaste silenciosamente en tu corazón... ¡Todo lo hiciste porque confiabas en el amor del Padre!

 

Duodécima Estación: "Jesús muere en la Cruz" Oh, Madre Dolorosa, estás al pie de la cruz de tu hijo... firme, de pie como toda una reina. Al lado de tu hijo, ofreciéndote como sacrificio de consolación. Y ves cómo un soldado traspasa con una lanza el corazón de tu hijo... y tu corazón, María, en ese momento fue traspasado espiritualmente por la misma lanza... La unión indisoluble de tu corazón con el corazón de Jesús queda revelada para toda la eternidad. Tu corazón recibe místicamente los efectos del traspaso físico del corazón de tu Hijo. Oh, Madre, tu hijo ha muerto, y sientes el dolor, el vacío, la soledad, pero también el descanso de saber que ya el mundo con toda su hostilidad no le puede hacer más daño... Qué grande eres, María; tú, igual que tu hijo Jesús, llegaste hasta el final. Es en la cima del monte Calvario, en esa cruz donde tu hijo es elevado en su trono de rey, que te conviertes en reina. Tu reinado, María, lo alcanza tu gran amor y tu fidelidad en el dolor. Todo parece acabado... y todo lo guardaste silenciosamente en tu corazón... ¡Todo lo hiciste porque confiabas en el amor del Padre!

 

 Décima tercera Estación: "Jesús es bajado de la cruz y puesto en los brazos de su Madre" Oh, Madre Dolorosa, ahora sí puedes tener a tu hijo en tus brazos. Te parece mentira que aquel niño que tantas veces acunaste, arrullaste y estrechaste contra tu pecho, se vea en ese momento como un despojo humano. Pero lo único que te importa es tenerlo de nuevo en tus brazos maternales. Sabes que no puede sentir tus caricias ni tus besos, pero aun así lo besas y lo acaricias... con tu ternura y tu amor quieres borrarle el horror de lo que los hombres le hicieron. Madre, cómo lo estrechabas, cómo abrazabas ese cuerpo tan desfigurado... Sabías que El había llevado sobre sí toda nuestra culpa, que con su dolor había sanado las llagas de nuestros pecados, que con su ser destrozado había devuelto la belleza a nuestras almas... Y al mirarlo inmóvil en tus brazos solo pensabas que El vivió para amar y ahí estaba la prueba más grande de su amor. Por eso... todo lo guardaste silenciosamente en tu corazón... ¡Todo lo hiciste porque confiabas en el amor del Padre!

 

 

Décima cuarta Estación: "Jesús es colocado en el sepulcro" Oh, Madre Dolorosa, nunca dejas a tu hijo, vas con los que lo llevan a enterrar, pues quieres acompañarlo hasta su tumba. Quisieras arreglar su cuerpo, vestirlo, ponerle un manto blanco, suave y perfumado, pero nada de eso se te permite hacer. Recuerdas en ese momento los nueve meses que lo tuviste en tu vientre. Donde lo guardabas con tanto amor, cuidándolo del maltrato del mundo. Y es así como lo depositas en la tumba. Es hora de dejarlo y de cerrar la puerta del sepulcro. Qué dolor, Madre, saber que El se queda ahí y que tú debes continuar aquí en la tierra, enfrentándote a la oscuridad, a la burla, a la indiferencia y al desprecio que aun después de muerto sigan haciéndole los hombres. María, tú caminas despacio, como si no quisieras separarte de tu hijo, pero una gran paz envuelve tu corazón traspasado de dolor... La paz y el gozo de saber que tu hijo muy pronto RESUCITARÁ.

La fe tiene que convertirse en vida para mí

Viernes quinta semana de Cuaresma. ¿Hasta qué punto dejamos que nuestra alma sea abrazada plenamente por Cristo? 
Ante el testimonio que Jesucristo le ofrece, ante el testimonio por el cual Él dice de sí mismo: “Soy Hijo de Dios”, ante el testimonio que le marca como Redentor y Salvador, el cristiano debe tener fe. La fe se convierte para nosotros en una actitud de vida ante las diversas situaciones de nuestra existencia; pero sobre todo, la fe se convierte para nosotros en una luz interior que empieza a regir y a orientar todos nuestros comportamientos.

La fundamental actitud de la fe se presenta particularmente importante cuando se acercan la Semana Santa, los días en los cuales la Iglesia, en una forma más solemne, recuerda la pasión, la muerte y la resurrección de nuestro Señor. Tres elementos, tres eventos que no son simplemente «un ser consciente de cuánto ha hecho el Señor por mí», sino que son, por encima de todo, una llamada muy seria a nuestra actitud interior para ver si nuestra fe está puesta en Él, que ha muerto y resucitado por nosotros.

Solamente así nosotros vamos a estar, auténtica- mente, celebrando la Semana Santa; solamente así nosotros vamos a estar encontrándonos con un Cristo que nos redime, con un Cristo que nos libera. Si por el contrario, nuestra vida es una vida que no termina de aceptar a Cristo, es una vida que no termina en aceptar el modo concreto con el cual Jesucristo ha querido llegar a nosotros, la pregunta es: ¿Qué estoy viviendo como cristiano?

Jesús se me presenta con esa gran señal, que es su pasión y su resurrección, como el principal gesto de su entrega y donación a mí. Jesús se me presenta con esa señal para que yo diga: “creo en ti”. Quién sabe si nosotros tenemos esto profundamente arraigado, o si nosotros lo que hemos permitido es que en nuestra existencia se vayan poco a poco arraigando situaciones en las que no estamos dejando entrar la redención de Jesucristo. Que hayamos permitido situaciones en nuestra relación personal con Dios, situaciones en la relación personal con la familia o con la sociedad, que nos van llevando hacia una visión reducida, minusvalorada de nuestra fe cristiana, y entonces, nos puede parecer exagerado lo que Cristo nos ofrece, porque la imagen que nosotros tenemos de Cristo es muy reducida.

Solamente la fe profunda, la fe interior, la fe que se abraza y se deja abrazar por Jesucristo, la fe que por el mismo Cristo permite reorientar nuestros comportamientos, es la fe que llega a todos los rincones de nuestra vida y es la que hace que la redención, que es lo que estamos celebrando en la Pascua, se haga efectiva en nuestra existencia.

Sin embargo, a veces podemos constatar situaciones en nuestras vidas —como les pasaba a los judíos— en las cuales Jesucristo puede parecernos demasiado exigente. ¿Por qué hay que ser tan radical?, ¿por qué hay que ser tan perfeccionista?

Los judíos le dicen a Jesús: “No queremos apedrearte por ninguna obra buena, sino por una blasfemia y porque tú, siendo hombre, te haces a ti mismo Dios". Esta es una actitud que recorta a Cristo, y cuántas veces se presenta en nuestras vidas.

La fe tiene que convertirse en vida en mí. Creo que todos nosotros sí creemos que Jesucristo es el Hijo de Dios, Luz de Luz, pero la pregunta es: ¿lo vivimos? ¿Es mi fe capaz de tomar a Cristo en toda su dimensión? ¿O mi fe recorta a Cristo y se convierte en una especie de reductor de nuestro Señor, porque así la he acostumbrado, porque así la he vivido, porque así la he llevado? ¿O a la mejor es porque así me han educado y me da miedo abrirme a ese Cristo auténtico, pleno, al Cristo que se me ofrece como verdadero redentor de todas mis debilidades, de todas mis miserias?

Cuando tocamos nuestra alma y la vemos débil, la vemos con caídas, la vemos miserable ¿hasta qué punto dejamos que la abrace plenamente Jesucristo nuestro Señor? Cuando palpamos nuestras debilidades ¿hasta qué punto dejamos que las abrace Cristo nuestro Redentor? ¿Podemos nosotros decir con confianza la frase del profetas Jeremías: “El Señor guerrero, poderoso está a mi lado; por eso mis perseguidores caerán por tierra y no podrán conmigo; quedarán avergonzados de su fracaso, y su ignominia será eterna e inolvidable”?

¿Que somos débiles...?, lo somos. ¿Que tenemos enemigos exteriores...?, los tenemos. ¿Que tenemos enemigos interiores...?, es indudable.

Ese enemigo es fundamentalmente el demonio, pero también somos nosotros mismos, lo que siempre hemos llamado la carne, que no es otra cosa más que nuestra debilidad ante los problemas, ante las dificultades, y que se convierte en un grandísimo enemigo del alma.

Dios dice a través de la Escritura: “quedarán avergonzados de su fracaso y su ignominia será eterna e inolvidable”. ¿Cuando mi fe toca mi propia debilidad tiende a sentirse más hundida, más debilitada, con menos ganas? ¿O mi fe, cuando toca la propia debilidad, abraza a Jesucristo nuestro Señor? ¿Es así mi fe en Cristo? ¿Es así mi fe en Dios? Nos puede suceder a veces que, en el camino de nuestro crecimiento espiritual, Dios pone, una detrás de otra, una serie de caídas, a veces graves, a veces menos graves; una serie de debilidades, a veces superables, a veces no tanto, para que nos abracemos con más fe a Dios nuestro Señor, para que le podamos decir a Jesucristo que no le recortamos nada de su influjo en nosotros, para que le podamos decir a Jesucristo que lo aceptamos tal como es, porque solamente así vamos a ser capaces de superar, de eliminar y de llevar adelante nuestras debilidades.

Que la Pascua sea un auténtico encuentro con nuestro Señor. Que no sea simplemente unos ritos que celebramos por tradición, unas misas a las que vamos, unos actos litúrgicos que presenciamos. Que realmente la Pascua sea un encuentro con el Señor resucitado, glorioso, que a través de la Pasión, nos da la liberación, nos da la fe, nos da la entrega, nos da la totalidad y, sobre todo, nos da la salvación de nuestras debilidades.
 P. Cipriano Sánchez LC

“Intentaron de nuevo detenerlo, pero se les escabulló de las manos”. Esa ha sido la constante en los relatos evangélicos de los días recientes. La autoridades, los componentes del poder ideológico-religioso de la época, ya habían puesto en marcha su conspiración para acabar con Jesús. Había que eliminarlo. Pero su hora no había llegado aún. Cuando llegue la hora Él no opondrá resistencia, y enfrentará con valentía, no solo el poder ideológico-religioso, representado por el Sumo Sacerdote Caifás y el Sanedrín, sino también el poder político, representado por el rey Herodes Antipas y el Procurador romano Poncio Pilato.

En el relato evangélico de hoy (Jn 10,31-42) encontramos a Jesús enfrentando a unos judíos que se disponían a apedrearlo. Jesús los confronta con todos los portentos y prodigios que ha obrado “por encargo” de su Padre, y ellos insisten en apedrearlo, no por las buenas obras que ha realizado, sino por blasfemo, al atribuirse a sí mismo el ser Dios. Los judíos que le rodean están tan concentrados en la letra de la Ley que no pueden ver que tienen a Dios delante de ellos, no tienen fe. Creen en Dios pero no creen en Su Palabra que se hace presente entre ellos.

En el sermón de la Montaña Jesús había dicho: “Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios” (Mt 5,8). Si no abro mi corazón al amor incondicional de Dios (la “Verdad”) y comparto ese amor con mi prójimo, especialmente los más necesitados, jamás veré el rostro de Dios aunque lo tenga delante de mí (Cfr. Mt 25,31-46). Me pasará igual que a aquellos judíos que lo tuvieron ante sí y no le reconocieron, a pesar de todas las pruebas que se les presentaron.

Como no había llegado su hora, el Señor lo protegió y permitió que escapara. En la misma situación vemos al profeta Jeremías en la primera lectura (Jr 20,10-13). Jeremías fue llamado por Dios al profetismo a temprana edad. Por eso puso resistencia cuando recibió su vocación: “¡Ah, Señor! Mira que no sé hablar, porque soy demasiado joven”. El Señor le dijo que no aceptaba esa excusa, y le prometió su protección (1,8).

A pesar de su corta edad, Jeremías fue llamado a denunciar los graves pecados del pueblo, sus infidelidades a la Alianza. Y al igual que Cristo, fue perseguido, y conspiraron para atraparlo y acabar con él. “‘Pavor en torno; delatadlo, vamos a delatarlo’. Mis amigos acechaban mi traspié: ‘A ver si se deja seducir, y lo abatiremos, lo cogeremos y nos vengaremos de él’”. Pero el profeta confió en la palabra de Dios y siguió adelante. “El Señor está conmigo, como fuerte soldado; mis enemigos tropezarán y no podrán conmigo”.

Es la oración de petición confiada y fervorosa que encontramos en el Salmo (17) de hoy: “En el peligro invoqué al Señor, y me escuchó”.

Asimismo tenemos que aprender a confiar en el Señor cuando se nos persiga, o se mofen de nosotros causa del Evangelio. “Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza; Señor, mi roca, mi alcázar, mi libertador 

Los judíos ya quieren apedrear a Jesús porque se hace Dios (Evangelio). Le preguntan si es el Mesías; Jesús responde indirectamente, remitiendo al testimonio de sus obras; sólo pueden conocerle los que están abiertos a la fe. Para los judíos blasfema porque se hace Dios. 

No quieren ver la Luz de sus obras; permanecen en la ceguera de su rechazo y de su inmovilismo; su falta de fe les impide ver en las obras de Jesús lo que es más valioso para Dios: la misericordia, el perdón, la liberación de los oprimidos, el amor al prójimo como alma del culto en el Templo.

Jesús se refugia en la orilla del Jordán donde el Bautista bautizó a muchos y donde Jesús inició su vida pública. "Muchos creyeron en Él allí".

La situación del Profeta Jeremías, perseguido, nos introduce en la persecución a Jesús y en su pasión. La fuerza espiritual de los dos tiene la misma fuente: "el Señor está conmigo como fuerte soldado...porque a Ti encomendé mi causa" (1ª lectura).

El Papa Francisco nos alerta del empeño del Maligno;  no quiere que seamos discípulos de Jesús, ni que nos abramos a su Palabra. Su tentación "tiene tres características y nosotros debemos conocerlas para no caer en la trampa. Primera, la tentación comienza levemente, pero crece, siempre crece; después contagia a otro. Y al final, para tranquilizar el alma, se justifica" ( homilía. 11-4-2014). 

La fuerza para vencer nos viene del Señor, como  a Jeremías y a Jesús: "En el peligro invoqué al Señor y me escuchó...yo te amo, Señor, tú eres mi fortaleza, mi roca, mi alcázar, mi libertador" (Salmo 17).

León Felipe escribe en su poema "Segador esforzado":

"Y ahora pregunto aquí:¿quién es el último que habla, el sepulturero o el Poeta?; ¿he aprendido a decir Belleza, Luz, Amor y Dios para que me tapen la boca cuando muera con una paletada de tierra?.   No, he venido y estoy aquí, me iré y volveré mil veces en el Viento para crear mi gloria con mi llanto.

Eh Muerte...escucha, yo soy el último que hablo... Y otro día dirán en los libros sagrados: el primer hombre fue de barro, el segundo de masa cruda y el tercero de Pan y Luz . Será un sábado cuando se cumplan las grandes Escrituras...Entre tanto, a trabajar con humildad y sin bravatas, Segador Esforzado":

Escuchando a Jesús en sus manifestaciones a los judíos prevalecen tres condiciones para conocerle, amarle y seguirle: no tener morada estable, no preocuparse por lo que ya está muerto y no mirar atrás. Él lo hace posible.

Fraternalmente:

Jaime Aceña Cuadrado cmf    

El Viernes de Dolores o Viernes de Pasión, es el viernes anterior al Domingo de Ramos, comprendido dentro de la última semana de la Cuaresma, conocida por la Iglesia como Semana de Pasión. En algunas regiones es considerado como el inicio de la Semana Santa o Semana Mayor, al iniciarse en éste las procesiones.

 

Los católicos manifiestan su fervor religioso en la celebración de los Dolores de Nuestra Señora, incluyendo por ejemplo en la liturgia de la Misa la secuencia del Stabat Mater.

 

En algunos lugares se le denomina Viernes de Concilio, el cual es tomado como día de ayuno y abstinencia, quedando proscrito el consumo de carnes.

 

Historia de una festividad

Esta antigua celebración mariana tuvo mucho arraigo en toda Europa y América, y aún hoy muchas de las devociones de la Santísima Virgen del tiempo de Semana Santa, tienen su día festivo o principal durante el Viernes de Dolores, que conmemora los sufrimientos de la Madre de Cristo durante la Semana Santa.

 

El Concilio Vaticano II consideró, dentro de las diversas modificaciones al calendario litúrgico, suprimir las fiestas consideradas “duplicadas”, esto es, que se celebren dos veces en un mismo año; por ello la fiesta primigenia de los Dolores de Nuestra Señora el viernes antes del Domingo de Ramos fue suprimida, siendo reemplazada por la moderna fiesta de Nuestra Señora de los Dolores el 15 de septiembre. Aun así, en la tercera edición del Misal Romano (2000), hay un recuerdo especial a los Dolores de la Santísima Virgen en la celebración ferial de ese día, introducida por San Juan Pablo II.

 

La Santa Sede y las normas del Calendario Litúrgico contemplan que, en los lugares donde se halle fervorosamente fecunda la devoción a los Dolores de María y en sus calendarios propios sea tenida como fiesta o solemnidad, este día puede celebrarse sin ningún inconveniente con todas las prerrogativas que le son propias. (Cf. Tabla de los días Litúrgicos, Misal Romano)

 

La devoción a Nuestra señora de los dolores viene desde muy antiguo. Ya en el siglo VIII los escritores eclesiásticos hablaban de la “Compasión de la Virgen” en referencia a la participación de la Madre de Dios en los dolores del Crucificado.

 

Pronto empezaron a surgir las devociones a los 7 dolores de María y se compusieron himnos con los que los fieles manifestaban su solidaridad con la Virgen dolorosa.

 

La fiesta empezó a celebrarse en occidente durante la Edad Media y por ese entonces se hablaba de la “Transfixión de María”, de la “Recomendación de María en el Calvario”, y se conmemoraba en el tiempo de Pascua.

 

En el siglo XII los religiosos servitas celebraban la memoria de María bajo la Cruz con oficio y Misa especial. Más adelante, por el siglo XVII se celebraba el domingo tercero de septiembre.

 

El viernes anterior al Domingo de Ramos también se hacía una conmemoración a la Virgen Dolorosa, festividad conocida popularmente como “Viernes de los Dolores”.

 

Benedicto XIII extendió universalmente la celebración del “Viernes de Dolores” en 1472 y en 1814 el Papa Pío VII fijó la Fiesta de Nuestra Señora de los Dolores para el 15 de septiembre, un día después a la Exaltación de la Santa cruz.

 

El Viernes de Concilio en Venezuela

 

En Venezuela, se realizan procesiones de la Virgen María Dolorosa y bajan los palmeros con las palmas que son benditas el Domingo de Ramos.


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Lecturas del Miércoles de la 16ª semana del Tiempo Ordinario

Primera lectura

Lectura del libro del Éxodo (16,1-5.9-15)

 

Salmo

Sal 77,18-19.23-24.25-26.27-28

 

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Mateo (13,1-9)

Desde 16 oct 2011

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