¿Quiénes somos? 

      Cuando los israelitas llegaron a la Tierra Prometida después de su largo peregrinar por el desierto, recibieron el mandato del Señor de conservar la memoria de su pasado. Es lo que nos recuerda la primera lectura. Para que nunca se olvidasen de que habían sido esclavos en Egipto, de que el Señor Dios los había sacado de allí con “mano fuerte y brazo extendido” y los había llevado a una tierra que manaba “leche y miel”. Conservar esa memoria no era un ejercicio inútil. Les hacía saber quienes eran. En los conflictos, en las dificultades por los que tendrían que pasar, siempre tendrían la seguridad de que Dios seguiría estando con ellos, como estuvo cuando los sacó de la esclavitud en Egipto.

Porque nuestra identidad está siempre amenazada. Lo vemos en el Evangelio en el que la misma identidad de Jesús está amenazada por el demonio, por el tentador. Lo quiere comprar con la promesa de las riquezas, del poder. Todo para que Jesús renuncie a su identidad, a su misión. El hecho de que Jesús se mantenga firme frente al demonio y sus tentaciones, hizo posible que cumpliera su misión, que fuese nuestro salvador, que diese testimonio del amor que Dios Padre tiene por todos los hombres, sin excepción. 

      Nuestra identidad es compleja. Somos cristianos, pero también tenemos una cultura propia, pertenecemos a un pueblo, tenemos una historia. Al ir asumiendo los cambios que se producen en nuestra propia cultura, corremos el peligro de perdernos, de despreciar nuestro propio pasado. Esa es la gran tentación que hoy tenemos. Como al Señor, el demonio nos tienta con las riquezas, con el poder, con la seducción de otras tradiciones que nos pueden llevar a despreciar la nuestra. ¡Qué inmenso error sería el que olvidásemos nuestras raíces, nuestra identidad! Sin raíces los árboles se mueren. Sin identidad las personas se pierden. 

      Parte de nuestra herencia como pueblo es la fe cristiana. Creemos que el Dios de Jesús es nuestro Padre, nos ama y procura nuestro bien. Al comenzar esta Cuaresma, conviene reafirmar nuestra identidad, reencontrarnos con nuestra herencia, reforzarla. No para situarnos en contra de nadie sino para poder compartir lo nuestro con todos. No hay culturas inferiores ni superiores. Son simplemente diferentes. Y en el diálogo, todos nos enriqueceremos. Pero no hay diálogo posible si no valoramos lo nuestro, si nos avergüenza nuestro pasado. 

      A Jesús el demonio le quiso robar su identidad. No lo consiguió. Que su ejemplo nos sirva para afianzarnos más en lo nuestro y para, orgullosos de ello, compartirlo con todos los pueblos de la tierra. 

Medios para vencer en las tentaciones

        Evangelio: Mc 1, 12-15 Enseguida el Espíritu lo impulsó hacia el desierto. Y estuvo en el desierto cuarenta días mientras era tentado por Satanás; estaba con los animales, y los ángeles le servían.

         Después de haber sido apresado Juan, llegó Jesús a Galilea predicando el Evangelio de Dios, y diciendo: El tiempo se ha cumplido y está cerca el Reino de Dios; haced penitencia y creed en el Evangelio.

 

Primer Domingo de Cuaresma

Las tentaciones de Jesús

 

El Señor está siempre a nuestro lado, en cada tentación, y nos dice:

Confiad: Yo he vencido al mundo (Juan 16, 33)

I. El Evangelio de la Misa recoge las tentaciones de Cristo. Es la primera vez que el diablo interviene en la vida de Jesús y lo hace abiertamente. El Señor se lo permitió para darnos ejemplo de humildad y para enseñarnos a vencer las tentaciones que vamos a sufrir a lo largo de nuestra vida. Si no contáramos con las tentaciones que hemos de padecer abriríamos la puerta a un gran enemigo: el desaliento y la tristeza. Quería Jesús enseñarnos con su ejemplo que nadie debe creerse exento de padecer cualquier prueba, y además quiere que saquemos provecho de las pruebas por las que vamos a pasar. Bienaventurado el varón que soporta la tentación –dice el Apóstol Santiago- porque, probado, recibirá la corona de la vida que el Señor prometió a los que le aman (1, 12).

 

II. El demonio tienta aprovechando las necesidades y debilidades de la naturaleza humana. Nos enseña el Evangelio a estar atentos, con nosotros mismos y con aquellos a quienes tenemos una mayor obligación de ayudar, en esos momentos de debilidad, de cansancio, cuando se está pasando una mala temporada, porque el demonio quizá intensifique entonces la tentación para que nuestra vida tome otros derroteros ajenos a la voluntad de Dios. También hemos de estar atentos para rechazar el deseo de quedar bien, que puede surgir hasta en lo más santo y estar alerta ante falsas argumentaciones que pretendan basarse en la Sagrada Escritura, y no pedir pruebas o señales extraordinarias para creer, pues el Señor nos da las gracias y testimonios suficientes que nos indican el camino de la fe en medio de nuestra vida ordinaria. El demonio promete siempre más de lo que puede dar. La felicidad está muy lejos de sus manos, pero tendremos que vigilar para no postrarnos ante las cosas materiales y mantenernos en lucha constante, porque permanece en nosotros la tendencia a desear la gloria humana.

 

III. El Señor está siempre a nuestro lado, en cada tentación, y nos dice: Confiad: Yo he vencido al mundo (Juan 16, 33). Podemos prevenir la tentación con la mortificación constante en el trabajo, al vivir la caridad, en la guarda de los sentidos externos e internos. Y junto la mortificación, la oración; sinceridad en la dirección espiritual; La Confesión frecuente y la Sagrada Eucaristía; huir de las ocasiones y evitar el ocio, humildad de corazón, y una tierna devoción a nuestra Madre, Refugio de los pecadores.

 

Primer Domingo de Cuaresma

 

Tenemos que aprender como lección básica de la vida a iluminar todas nuestras dificultades con la Palabra de Dios, sobre todo aquellas que no podemos resolver, porque a veces podríamos olvidar que Dios Nuestro Señor va a permitir muchas dificultades, muchas piedras en la vida precisamente para que recordemos que la Palabra de Dios es la fuente de nuestra vida espiritual

La primera tentación de Cristo, tal cómo nos la narra el Evangelio es la tentación de los panes. Cristo ha ido a hacer ayuno, un ayuno que realmente le prepare para su misión. Cristo ha ido a ejercitarse, por así decir, al desierto, y el demonio le llega con la tentación de los panes, que no era otra cosa sino decirle: déjate de cosas raras, se más realista, baja un poquito a la vida cotidiana. Es decir, materialízate, no seas tan espiritual. Es una tentación, que nosotros podemos tener en nuestra vida cuando llegamos a perder toda dimensión sobrenatural de nuestro ser cristianos. Es la tentación del querer hacer las cosas sin preocuparme si le interesan o no a Dios. Tengo un problema, y me digo: lo arreglo porque lo arreglo, y a veces olvidamos de la dimensión sobrenatural que tienen las dificultades.

 

Cristo ayuna y siente hambre como nos dice el Evangelio, y Cristo tiene que transformar el hambre en una palanca espiritual, en un momento de crecimiento interior. Ahí Cristo es tentado para decirle: No busques eso, no hace falta ese tipo de cosas, mejor dedícate a comer, mejor dedícate a trabajar. Es la tentación de querer arreglar yo todos los problemas.

 

Hay situaciones en las que no queda otro remedio sino ofrecer al Señor la propia impotencia por el sacrificio personal; hay situaciones en las que no hay otra salida más que la de decir: aquí está la impotencia, podríamos decir la impotencia santificadora. Cuando en nuestro trabajo personal sentimos una lucha tremenda en el alma, un desgarrón interior por tratar de vivir con autenticidad la vida cristiana, en esos momentos en los que a veces el alma no puede hacer otra cosa sino simplemente sufrir y yo me quiero sacudir eso, y no acepto esa impotencia y no la quiero ver, y no quiero tener ese“sintió hambre” en la propia vida, es donde aparece la necesidad de acordarse de que Cristo dijo: No sólo de pan, no sólo de los éxitos, no sólo de los triunfos, no sólo de consuelos, no sólo de ayudas vive el hombre, sobre todo vive de la Palabra que sale de la boca de Dios.

 

Tenemos que aprender como lección básica de la vida a iluminar todas nuestras dificultades con la Palabra de Dios, sobre todo aquellas que no podemos resolver, porque a veces podríamos olvidar que Dios Nuestro Señor va a permitir muchas dificultades, muchas piedras en la vida precisamente para que recordemos que la Palabra de Dios es la fuente de nuestra vida espiritual. No los consuelos humanos, no los éxitos de los hombres. A veces Dios nos habla en la oscuridad, a veces en la luz, pero lo importante es la vida del Espíritu Santo en mi alma. En ocasiones puede venir la tentación de querer suplir con mi actividad la eficacia de la fe en Dios, y podríamos pensar que lo que hacemos es lo que Dios quiere, cuando en realidad lo que Dios quiere es que en esos momentos esta situación no vaya por donde tu estás pensando que debe de ir, Yo me pregunto: una dificultad, un problema ¿lo transformamos a base de fe en un reto que verdaderamente se convierta en eficacia para el reino de Cristo? No pretendamos arreglar los problemas por nosotros mismos, preguntemos a Dios. ¿Sé yo vencer con la Palabra de Dios? ¿O caigo en la tentación?

 

Después, dice el Evangelio, lo llevó a un monte alto donde se veía todos los reinos de la tierra. Cristo es tentado por segunda vez para que su misión se vea reconocida por los hombres para que obtenga un éxito humano y todos vean su poder. Sin embargo el poder que les es ofrecido no es el que tiene Dios sobre la Creación, sino es el poder que viene de haber vendido la propia conciencia y la propia vida al enemigo de Dios. “Todo esto lo tendrás si postrándote me adoras”, no es el poder que nace de haber conquistado el reino de Cristo, es el poder que nace de haberse vendido. A veces este poder se puede meter sutilmente en el alma cuando pierdes tu conciencia en aras de un supuesto éxito. Es el poder que viene de haber puesto la propia vida en adoración a los que desvían de Dios el final total de las cosas, el uso de las criaturas para la propia gloria y no para la gloria de Dios. La tentación de querer usar las cosas para nuestra propia gloria y no para la gloria de Dios es sumamente peligrosa, porque además de que nuestro comportamiento puede ser incoherente son lo que Dios quiere para nosotros, lo primero que te desaparece es el sentido crítico ante las situaciones. ¿Por qué? Porque estas vendido a los criterios de la sensualidad, y quien está vendido no critica.

 

Cuando nuestra conciencia se vende, cuando nuestra inteligencia y nuestra voluntad se vende dejan de criticar y todo lo que les den les parece bueno. ¿A quién me estoy vendiendo? Cada uno recibe su vida, sus amistades, sus personas, su corazón, su conciencia. ¿Dónde me encuentro sin el suficiente sentido crítico, para salir de una situación cuando contradices mi identidad cristiana?, porque ahí me estoy vendiendo, ahí estoy postrándome a Satanás aunque sean cosas pequeñas. ¿Dónde me he encadenado? ¿Hay en mi vida alguna tentación que no sólo me despoja del necesario sentido crítico ante las situaciones para juzgarlas sólo y nada más según Dios, sino que acaban sometiendo mis criterios a los criterios del mundo y por lo tanto, acaba cuestionando los rasgos de mi identidad cristiana?

 

Cuántas veces cuando vienen las crisis a la fe son por esta tentación; cuando nos vienen los problemas de que si estaré bien donde estoy o estaría mejor en otra parte, es por venderse a una situación más cómoda, aun lugar que no te exija tanto, un lugar donde puedas adorarte a ti mismo. Es triste cuando uno lo descubre en su propia alma y es triste cuando uno lo descubre en el alma de los demás.

 

Muchas veces es imposible penetrar en el alma porque ha perdido toda brújula, ha perdido todo el sentido crítico, ha perdido la capacidad de romper con el dinamismo del egoísmo, de la soberbia, de la sensualidad. Cuántos cambios podríamos tener de los que pensamos que ya no tenemos vuelta.

 

Por último, el demonio lleva a Cristo. La tentación del templo es en la que Cristo desenmascara con la autenticidad de su vida, con la rectitud de intención, con la claridad de su conciencia la argucia del tentador. Esta tentación tiene un particular peligro. Los comentaristas que han siempre enfrentado esta tentación piensan: qué gracia tendría el de tirarse del pináculo del templo y que los ángeles te agarrasen. La idea central de esto es una exhibición milagrosa. Un señor se sube a la punta del templo y lo están viendo abajo, se tira y de pronto unos ángeles le cogen y lo depositaren el suelo. Todo mundo daría gloria a Dios, todos se convertirían inmediatamente. Es la tentación que tiene un particular delito porque ofrece la conciliación entre las pasiones humanas de mi yo con el servicio a Dios, con la gloria que se debe al Creador.

 

Esta tentación que podríamos llamar de orgullo militantes es quizá la más sutil de todas. Es también la tentación que Cristo desenmascara en los fariseos cuando les dice: “les gusta ser vistos y admirados de la gente y que la gente les llame maestros... cuando oren no lo hagan como los hipócritas que oran en medio de las plazas para ser vistos por la gente, cuando oren enciérrate que tu Padre que ve en lo secreto te recompensará”. Con qué perspicacia Nuestro Señor conocía el corazón humano que se puede enredar perfectamente, incluso en medio de la vida de oración, con el propio orgullo y egoísmo. Revisemos bien nuestra conciencia para ver si esta tentación no se ha metido en nuestras vidas. 

Recordemos que nuestra vida sólo tendrá un auténtico sentido cristiano en la medida en que aceptemos a Cristo vencedor de la tentación del pan, de los reinos y del templo.

Hoy es el primer domingo de Cuaresma, ese tiempo especial durante el año en que la Iglesia nos invita a nosotros, los pecadores, a reconciliarnos con Él. Nuestra débil naturaleza humana, esa inclinación al pecado que llaman concupiscencia, nos hace sucumbir ante la tentación. Jesús experimentó en carne propia la tentación. Ni Él, que es Dios, se vio libre de ella; su naturaleza humana sintió el aguijón de la tentación. Pero logró vencerla. Y nos mostró la forma de hacerlo: la oración y el ayuno. De paso, en un acto de misericordia, nos dejó el sacramento de la reconciliación para darnos una y otra oportunidad de estar en comunión plena con el Dios uno y trino.

La lectura evangélica de hoy (Lc 4,1-13) nos presenta la versión de Lucas de las tentaciones en el desierto. En el lenguaje bíblico el desierto es lugar de tentación, y el número cuarenta es también simbólico, un tiempo largo e indeterminado, tiempo de purificación; “cuaresma”. Así, vemos en la Cuaresma el tiempo de liberación del “desierto” de nuestras vidas, hacia la libertad que solo puede brindarnos el amor incondicional de Jesús, que quedará manifestado al final de la Cuaresma con su muerte y resurrección.

La lectura nos presenta al demonio tentando a Jesús durante todo el tiempo que estuvo en el desierto. Hacia el final, Jesús sintió hambre, es entonces cuando el demonio redobla su tentación (siempre actúa así). Aprovechándose de esa necesidad básica del hombre: el hambre, y reconociendo que Jesús es Dios y tiene el poder, le propone convertir una piedra en pan para calmar el hambre física. Creyó que lo tenía “arrinconado”. Pero Jesús, fortalecido por cuarenta días de oración y ayuno, venció la tentación.

Del mismo modo Jesús vence las otras dos tentaciones: poder y gloria terrenal a cambio de postrarse ante Satanás, y tentándolo a Él para que haga alarde de su divinidad saltando al vacío sin que su cuerpo sufra daño alguno.

Finalmente, el demonio se retiró sin lograr que Jesús cayera en la tentación, pero no se dio por vencido; se marchó “hasta otra ocasión”. Así mismo se comporta con nosotros. Nunca se da por vencido. No bien hemos vencido la tentación, cuando ya el maligno está buscando la forma de tentarnos nuevamente, buscando nuestro punto débil; como un león rugiente (Cfr. 1 Pe 5,8), pendiente al primer momento de debilidad para atacar.

Tiempo de cuaresma, tiempo de penitencia, tiempo de conversión. Vivimos esta cuaresma dentro del marco del Año de la Misericordia, y el papa Francisco nos exhorta a abrir nuestros corazones a la misericordia de Dios, que “transforma el corazón del hombre haciéndole experimentar un amor fiel, [que] lo hace a su vez capaz de misericordia. Es siempre un milagro el que la misericordia divina se irradie en la vida de cada uno de nosotros, impulsándonos a amar al prójimo y animándonos a vivir lo que la tradición de la Iglesia llama las obras de misericordia corporales y espirituales”. En eso consiste la verdadera conversión, el sacrificio que agrada al Señor (Cfr. Os 6,6).

En este tiempo de cuaresma, reconcíliate con Dios, reconcíliate con tu hermano…

Que pasen un hermoso fin de semana lleno de la PAZ que solo el sabernos amados incondicionalmente por Dios puede brindarnos.

Cuando los israelitas llegaron a la Tierra Prometida después de su largo peregrinar por el desierto, recibieron el mandato del Señor de conservar la memoria de su pasado. Es lo que nos recuerda la primera lectura. Para que nunca se olvidasen de que habían sido esclavos en Egipto, de que el Señor Dios los había sacado de allí con “mano fuerte y brazo extendido” y los había llevado a una tierra que manaba “leche y miel”. Conservar esa memoria no era un ejercicio inútil. Les hacía saber quienes eran. En los conflictos, en las dificultades por los que tendrían que pasar, siempre tendrían la seguridad de que Dios seguiría estando con ellos, como estuvo cuando los sacó de la esclavitud en Egipto. 

Porque nuestra identidad está siempre amenazada. Lo vemos en el Evangelio en el que la misma identidad de Jesús está amenazada por el demonio, por el tentador. Lo quiere comprar con la promesa de las riquezas, del poder. Todo para que Jesús renuncie a su identidad, a su misión. El hecho de que Jesús se mantenga firme frente al demonio y sus tentaciones, hizo posible que cumpliera su misión, que fuese nuestro salvador, que diese testimonio del amor que Dios Padre tiene por todos los hombres, sin excepción. 

      Nuestra identidad es compleja. Somos cristianos, pero también tenemos una cultura propia, pertenecemos a un pueblo, tenemos una historia. Al ir asumiendo los cambios que se producen en nuestra propia cultura, corremos el peligro de perdernos, de despreciar nuestro propio pasado. Esa es la gran tentación que hoy tenemos. Como al Señor, el demonio nos tienta con las riquezas, con el poder, con la seducción de otras tradiciones que nos pueden llevar a despreciar la nuestra. ¡Qué inmenso error sería el que olvidásemos nuestras raíces, nuestra identidad! Sin raíces los árboles se mueren. Sin identidad las personas se pierden. 

      Parte de nuestra herencia como pueblo es la fe cristiana. Creemos que el Dios de Jesús es nuestro Padre, nos ama y procura nuestro bien. Al comenzar esta Cuaresma, conviene reafirmar nuestra identidad, reencontrarnos con nuestra herencia, reforzarla. No para situarnos en contra de nadie sino para poder compartir lo nuestro con todos. No hay culturas inferiores ni superiores. Son simplemente diferentes. Y en el diálogo, todos nos enriqueceremos. Pero no hay diálogo posible si no valoramos lo nuestro, si nos avergüenza nuestro pasado. 

      A Jesús el demonio le quiso robar su identidad. No lo consiguió. Que su ejemplo nos sirva para afianzarnos más en lo nuestro y para, orgullosos de ello, compartirlo con todos los pueblos de la tierra. 

Las respuestas de Jesús a las tentaciones del demonio nos enseñan cómo podemos afrontar cada reto o desafío en nuestra vida…

Cuaresma es un tiempo de renovación, penitencia y conversión, en el que tenemos la oportunidad de regresar a la casa del Padre con un corazón contrito.

Dios, al igual que en la parábola del hijo pródigo, está siempre de pie en la puerta con los brazos extendidos para abrazarnos y consolarnos. No importa cuántas veces nos alejemos, siempre tendremos las puertas abiertas para regresar a la casa de Dios

Primer Domingo de Cuaresma

Cuando Jesús fue tentado en el desierto, recurrió a tres pasajes de las Escrituras para defenderse, y que, al igual que a Él, nos pueden ayudar en nuestro propio camino de Cuaresma.

No debemos olvidar que Jesús fue tentado como nosotros, y Él tiene un buen consejo bíblico para darnos que funcionó para Él.

En cada uno de los tres Evangelios, después de su bautismo, indican que Jesús pasó cuarenta días en el desierto, ayunando y orando.

Jesús vence las tentaciones del demonio

En Lucas y en Mateo, el demonio presenta tres tentaciones a Jesús. El demonio tienta a Jesús a usar su poder para calmar su hambre, le ofrece a Jesús todos los reinos del mundo a cambio de que Jesús lo adore, y él lo tienta para poner a prueba la promesa de la protección de Dios.

En cada una de las tentaciones, Jesús se resiste citando palabras de la Escritura para reprender y vencer a las tentaciones del demonio

Cada tentación que Jesús enfrenta nos da una clara enseñanza para fortalecer nuestro espíritu mientras caminamos cuarenta días por el desierto de la Cuaresma.

No poner a prueba el poder y las promesas de Dios

Debemos de confiar en que Dios proveerá nuestras necesidades físicas o espirituales en todo momento y en que Dios, es un Dios que no falla y siempre es fiel a sus promesas.

El rechazo de Jesús a las tentaciones del demonio demuestra no se debe poner a prueba a Dios. Jesús reprende al demonio por su confianza en Dios y a la autoridad de las Sagradas Escrituras.

¿Qué aprendemos de las tentaciones del demonio?

En este Primer Domingo de Cuaresma debemos aprender que cualquier cosa que nos lleve a desconfiar de la protección de Dios es una tentación del demonio.

Las respuestas de Jesús a las tentaciones del demonio nos enseñan cómo podemos afrontar cada reto o desafío en nuestra vida.

En este comienzo de nuestro viaje a través de la Cuaresma, debemos tener la misma confianza que Jesús tuvo frente a la tentación:

  • La palabra de Dios es suficiente
  • ¡Solo Dios basta!
  • Confiar en las promesas de Dios

Oración para el primer Domingo de Cuaresma

Señor Jesús, Tú nos has llamado a renunciar al mal y a tener siempre presente que, siendo el Hijo del Dios vivo, también fuiste tentado por las fuerzas del mal.

Tú resististe a las tentaciones con la sabiduría de las Escrituras. Elegiste el servicio en lugar de la fama, el sacrificio en lugar del poder, la confianza en el Padre en lugar de la traición.

Enséñame a mantenerme fiel a tus promesas y seguir tu Palabra con fidelidad, porque Ella es escudo que resiste toda prueba y me ayuda a crecer en santidad

Enséñame a reconocer las distintas apariciones del mal en todas sus formas y a estar en guardia contra el enemigo malo que se me presenta como ángel de luz para engañar a mi alma y torcer mis caminos

Concédeme la gracia y la fuerza para enfrentar con valentía y sabiduría todo lo que hace daño a mi espíritu y a mantenerme firme en tiempos de prueba y tentaciones, sabiendo que tu amor y tu respaldo están siempre conmigo.

Que se haga siempre tu voluntad en mi vida y que, junto a tus santos y a todos tus ángeles, pueda proclamar para siempre las alabanzas eternas a tu Santo Nombre.Amén

Oración contra las tentaciones del demonio

Señor, quiero entregarte ahora todo lo soy. Sé que Tú guías mis pasos y quieres lo mejor para mí. Gracias por las bendiciones que a diario me das y que me permiten salir victorioso en cada tentación que sufro en mi vida.

Este mundo me invita a tener más, a sobresalir, y todo esto puede llevar a mi alma a desiertos de frustraciones, a desiertos de amarguras, de dolor y depresiones en donde el demonio, aprovechándose de mi debilidad, puede desviarme de mi deseo de buscarte y serte fiel.

Me reconozco necesitado de tu amor y de tu poder. Ayúdame a vivir en profundidad mi camino de conversión, a buscar ese encuentro contigo en el silencio y en la soledad

Ayúdame a dejarme guiar por las inspiraciones de tu Espíritu Santo, ese mismo que te llevó, a través del sacrificio y la oración, a un desierto de necesidades para fortalecerte con su Palabra.

Confío en tu gracia transformadora. Confío en tu abrazo consoladora que me conducirá hasta ese desierto que me ayudará a crecer en la fe y con el que puedo resistir a las fuerzas del mal

Confío en tu ayuda y pongo todos mis proyectos y a todos los míos bajo tu amparo. Estoy seguro que saldré adelante porque Tú eres el dueño de mi vida y el gran dador de cosas buenas. Amén




«Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa »


Lecturas del San Bartolomé, apóstol

Primera lectura

Lectura del libro del Apocalipsis (21,9b-14)

 

Salmo

Sal 144,10-11.12-13ab.17-18

 

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Juan (1,45-51)

Desde 16 oct 2011

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