MARTES DE LA SEGUNDA SEMANA DE ADVIENTO

Isaías 40, 1-11; Mateo 18, 12-14

Perdido y Encontrado

12 ¿Qué les parece? Si un hombre tiene cien ovejas, y una de ellas se pierde, ¿no deja las noventa y nueve restantes en la montaña, para ir a buscar la que se extravió? 13 Y si llega a encontrarla, les aseguro que se alegrará más por ella que por las noventa y nueve que no se extraviaron. 14 De la misma manera, el Padre que está en el cielo no quiere que se pierda ni uno solo de estos pequeños.

(Mateo 18, 12-14)

Reflexión

Cristo vino a reconciliarnos con el Padre, y al hacerlo, ofreció la satisfacción de este anhelo de felicidad que preocupa al corazón humano. El amor es nuestro origen y nuestro destino. Nuestro anhelo de felicidad es un anhelo de amor. Siendo creados para amar y ser amados, buscamos cumplir con nuestro propósito. “Dios es amor (1 Juan 4,8), y nuestro anhelo de felicidad es a final de cuentas un anhelo de Dios.

El Catecismo de la Iglesia Católica no pierde el tiempo en hablar de esta verdad. El punto de apertura del capítulo uno, sección uno, dice: “El deseo de Dios está inscrito en el corazón del hombre, porque el hombre ha sido creado por Dios y para Dios; y Dios no cesa de atraer al hombre hacia sí,  y sólo en Dios encontrará el hombre la verdad y la dicha que no cesa de buscar”.

Nuestro deseo de felicidad es parte de la condición humana. Nuestra búsqueda de felicidad es una búsqueda de Dios. Es el mejor dispositivo de localización, diseñado para atraernos suavemente hacia nuestro hogar eterno. Dios nos crea, pone este deseo dentro de nosotros y nos envía al universo. Lo hace sabiendo que tarde o temprano, si logramos reunir la mínima cantidad de humildad, el deseo de felicidad nos llevará de vuelta a Él…porque nadie más y nada más puede satisfacerlo.

Nuestro anhelo de felicidad es un anhelo de unión con nuestro Creador.. Las palabras de Agustín resuenan en cada lugar, en cada tiempo y en cada momento: “Nuestro corazón está inquieto hasta que descansa en ti, Señor”.

Meditación

¿Cuando me sentí perdido, sin dirección? ¿Estaba Dios presente al encontrar mi camino de regreso? ¿Donde he visto a Dios buscándome?

Oración

Dios de la paz, tú me cuidas con un amor tierno que es profundo y verdadero. Este Adviento, mientras lucho con mis faltas y fracasos humanos, permíteme buscar consuelo en ti y ser reconciliado en tu paz. Mi alma descansa en tu bondad y misericordia.

Adviento es tiempo de espera y esperanza. Hoy Isaías dice: “Consolad, consolad a mi pueblo, dice vuestro Dios… Hablad al corazón de Israel…”

Amigo/a, estas palabras son también para ti estés en la situación que estés e interiormente te encuentres en aflicción, duda, pecado, o alegría, paz, tranquilidad… Son palabras que Dios dirige al corazón de sus hijos para que comprendamos que Él está con nosotros en cada momento y circunstancia de la vida; que Él nos acompaña de cerca y está a nuestro lado como un padre con su hijo. No hay mayor y más grata experiencia que sentirse consolado y protegido por alguien en todo momento y situación. Ese amor da seguridad, confianza y firmeza para vivir, luchar y seguir adelante a pesar de todo.

Y termina la lectura presentándonos a Dios como el pastor que apacienta su rebaño, lo reúne, lleva en brazos los corderos y cuida de las madres. ¡Qué  ternura, cariño y delicadeza para con sus ovejas (nosotros)! Al fin de cuentas todos somos sus hijos, ¡y eso es lo fundamental e importante! Para Dios como pastor las ovejas es lo verdaderamente importante.

Jesús en el Evangelio de hoy nos vuelve a hablar del pastor que sale a buscar la oveja perdida y al encontrarla se alegra más por ella que por las noventa y nueve que dejó en el redil. Y termina “Lo mismo vuestro Padre del cielo, no quiere que se pierda ni uno solo de estos pequeños”.

Dios nos quiere a todos, cierto, pero hay una predilección especial por “los pequeños”, es decir los necesitados, los pobres, los excluidos, los marginados… El amor de Dios es más tierno y cariñoso con los que más carencias tienen. Y esto lo he vivido yo durante mis años de Misionero en Paraguay, viendo la Providencia de Dios en cada momento del día y cómo actuaba Dios en medio de tanta miseria y pobreza.

En América hoy celebramos a San Juan Diego Cuauhtlatoalzin, el indio santo. Que él y la Virgen de Guadalupe intercedan por toda América en estado de Misión Continental.

El consuelo es un bien preciado que quizá hemos desvirtuado. Hay consuelos que vienen como un susurro, como una caricia y otros consuelos nos gritan, nos zarandean, nos quieren espabilar, como nos dice Isaías.

Se puede llegar a un grado de acomodo y falso bienestar, que ni siquiera sabemos decirnos de dónde nos viene la tristeza o la falta de motivación. Es entonces cuando un grito a tiempo, aunque molesto, es la mejor caricia y el mejor de los consuelos. Nos saca de nuestra “zona de confort”, nos obliga a mover ficha.

Eso sí, para que un grito nos consuele tiene que venir de alguien que nos conozca y nos quiera. Como Dios: ¡abrid caminos, moveos, haced algo!, ¡vuestros desconsuelos vienen de vuestra propia indiferencia y seguridad!, ¿no lo veis?

Dicho de otra forma: ¿no nos haría mucho bien dejar de sentirnos parte de las 99 ovejas seguras y reconocer la necesidad que todos tenemos de que nos busquen, nos encuentre, nos cuiden?, ¿acaso no tenemos todos alguna dimensión de nuestra vida algo perdida, alejada, necesitada de un buen pastor?

Y por si fuera poco, este Buen Pastor nuestro, trae con Él mismo su salario. Su recompensa le precede. Antes que llegue a tomarnos en brazos ya habremos notado todo el bien que nos reporta. Solo hay que dejar que venga a por nosotros. El en persona nos cuida.




«Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa »


Lecturas del San Bartolomé, apóstol

Primera lectura

Lectura del libro del Apocalipsis (21,9b-14)

 

Salmo

Sal 144,10-11.12-13ab.17-18

 

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Juan (1,45-51)

Desde 16 oct 2011

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