La Liturgia, sin dejar de evocar las palabras consoladoras que han remecido la semana de belleza -“Paz”, “bien”, “justicia”, “entrañas”, “árbol” “acequia”, nos llama la atención por si avanza el tiempo y no nos abrimos al mensaje liberador.

 

(JPG) En nuestra mano está gozar de tanta paz como agua de un río caudaloso, de justicia y santidad como las olas del mar, de fecundidad como las arenas de la playa, de frutos en su sazón como árbol que crece junto a la corriente, de frondosidad como árboles junto a la acequia.

 

A veces, cuando nos resistimos para defendernos de la exigencia renovadora, en vez de dejarnos impactar por la belleza y la bondad, argumentamos con la crítica, buscamos los posibles defectos de los demás, y así justificamos nuestra resistencia, como les sucedió a algunos contemporáneos de Jesús, según denuncia el Evangelio.

Duele la posibilidad de continuar inflexibles ante tanta generosidad de Dios como estamos percibiendo.

“Dichoso el hombre que no sigue el consejo de los impíos y medita la ley del Señor, día y noche”.

En tu conducta y proyecto de vida, ¿por quién te dejas acompañar?

¿Sigues consignas partidistas, o te diriges por la Palabra de Dios?

¿Decides lo que más paz te da, o estás enredado en sofismas autojustificativos?

 

El que sigue al Señor tendrá la luz de la vida.

“¿A quién se parece esta generación? Se parece a los niños sentados en la plaza, que gritan a otros: ‘Hemos tocado la flauta, y no habéis bailado; hemos cantado lamentaciones, y no habéis llorado’. Porque vino Juan, que ni comía ni bebía, y dicen: ‘Tiene un demonio’. Vino el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen: ‘Ahí tenéis a un comilón y borracho, amigo de publicanos y pecadores’. Pero los hechos dan razón a la sabiduría de Dios” (Mt 11,16-19).

Esta corta lectura evangélica es la que nos propone la liturgia para hoy viernes de la segunda semana de Adviento. Con esta parábola Jesús pone de manifiesto la actitud del pueblo que prefería mantenerse como estaba, y no tenía intención alguna de cambiar, de escuchar la palabra de Dios y ponerla en práctica. No querían “comprometerse”. Jesús los compara con unos niños jugando en la plaza. Mientras unos quieren estar alegres, otros prefieren estar tristes; no se ponen de acuerdo. El problema es que cuando se refiere a los adultos del tiempo de Jesús, “esta generación” (y los de la nuestra), no se trata de un juego, se trata de la vida eterna. Lo que ocurre es que cuando se trata de las cosas de Dios, del mensaje de Jesús, de su Evangelio, siempre hay una excusa. Es más fácil decir “no creo”, que aceptarlo y enfrentar las consecuencias que esa fe implica.

Por eso cuando vino Juan el Bautista, que predicaba su mensaje de penitencia y austeridad, no le aceptaron. “Tiene un demonio” decían; “es demasiado exigente”, decían otros. Esas mismas personas, cuando vino Jesús a predicar su mensaje de amor y fraternidad, y se juntaba con pecadores, y compartía con ellos la mesa y el vino, también lo rechazaron. “Es un comilón y borracho”. Hoy día no es diferente. Preferimos estar dentro de nuestra “zona de confort”. Que no venga nadie a decirme cómo tengo que actuar; no quiero comprometerme, no me interesa cambiar.

Estamos prácticamente a mitad del tiempo de Adviento; ese tiempo que nos llama a la conversión y penitencia, y a la preparación para la espera gozosa de Jesús. ¿Cuál es nuestra excusa para negarnos a entrar en el Adviento y vivir el gozo de la Navidad? ¿Asumimos la actitud de que si “nos tocan la flauta” nos negamos a bailar y si nos “cantan lamentaciones” nos negamos a llorar?

No hay duda. Resulta más cómodo vivir desde ahora una “Navidad por adelantado” con la fiesta, la comida, la bebida, la música “típicas” de la época, sin compromiso espiritual alguno, sin necesidad de cambio (me siento bien como estoy), porque si tomo en serio a Cristo y a su mensaje, me voy a “poner en evidencia” y me voy a ver obligado a decidir entre lo que me ofrece Cristo y lo que me ofrece el mundo.

Durante esta época de Adviento la Iglesia nos invita a dejar que Jesús entre en nuestras vidas, en nuestros corazones, con todas las consecuencias que ello implica; lo que yo llamo la “letra chica” que está implícita en el seguimiento del Evangelio. Pidamos al Señor que nos ayude a comprender que el momento de cambiar y comprometernos es “ahora”. Solo así seremos acreedores del Reino.

¿Y que pasa con los niños?

16 ¿Con quién puedo comparar a esta generación? Se parece a esos muchachos que, sentados en la plaza, gritan a los otros: 17 «¡Les tocamos la flauta, y ustedes no bailaron! ¡Entonamos cantos fúnebres, y no lloraron!»

19 Llegó el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen: «Es un glotón y un borracho, amigo de publicanos y pecadores». Pero la Sabiduría ha quedado justificada por sus obras».

(Mateo 11, 16-17.19)

Reflexión

He notado que uno de los elementos de nuestro estilo de vida que impulsa la locura moderna es la cantidad de actividades en los que los niños están involucrados hoy.  Van de la escuela a clases de pintura, al fútbol, al ballet, a natación, a lecciones de piano, al basquetbol, al autoservicio rápido, al coro, al fútbol, y así continuamente.

Tal vez es tiempo de detenerse y preguntarnos porque nuestros hijos participan en estas actividades. ¿Acaso son otra forma de entretenimiento?

¿O son una medida del estatus social de nuestros niños? ¿O están dirigidos hacia alguna contribución significativa al desarrollo y educación de nuestros hijos?

Yo propongo que si estas actividades han de tener un valor real en la educación y desarrollo de un niño, será porque el niño aprenda el arte de la disciplina a través de estas actividades Y yo te aseguro, nuestros hijos nunca aprenderán el arte de la disciplina mientras cambien de actividades con gran regularidad. La gran cantidad de actividades en la que nuestros hijos están involucrados sirve solo para distraerlos de adquirir una disciplina real en sus vidas, y como resultado están siendo implantados en la superficialidad que domina nuestra era.

El propósito de la educación y las actividades extracurriculares es brindar oportunidades a nuestros hijos de que desarrollen la disciplina. Una vez se aprenda la disciplina, se puede aplicar en cualquier área de la vida. Aquellos que desarrollan estas disciplina salen a buscar la excelencia y tienen vidas más ricas y abundantes. Aquellos que no logran enraizar la disciplina podrán hacer muchas cosas, pero ninguna bien.

Meditación

(Si tienes hijos) ¿Las actividades de mis hijos están siendo dirigidas a un propósito más alto, o solo son para pasar el tiempo?

(Si no tiene hijos) ¿En que actividades estoy involucrado, y hacía que fin están dirigidas?

Oración

Dios de la paz, tu me cuidas con un amor tierno que es profundo y verdadero. Este Adviento, mientras lucho con mis faltas y fracasos humanos, permíteme buscar consuelo en ti y ser reconciliado en tu paz. Mi alma descansa en tu bondad y misericordia.

Con esta sencilla letra de San Juan de la Cruz cuya memoria hoy celebra la Iglesia y el canto de Amancio Prada, podemos seguir adentrándonos en el camino de Adviento. 
Con toda serenidad, la música y la repetición nos recuerdan también el papel de nuestra libertad en este Misterio de Dios: “si le dais posada”. Dios es quien viene, Dios lo hace, Dios es principio y fin. Pero este mismo Dios se sujeta a sí mismo a nuestra libertad: “si le dais posada”.

Isaías lo dice también en la primera lectura: “si atiendes sus mandatos”. O como dice el salmo: “si le sigues”.

Ahí reside la sabiduría: elegir con libertad seguirle, cumplir su querer sin atropellos, sin violencia, sin pasar factura ni a Dios ni a ti ni a los demás. No por alcanzar beneficios o premios sino porque hemos gustado ya que cuando lo hacemos, nuestra paz es como un río, nuestra justicia como olas del mar y encontramos luz en mitad de muchas sombras.

Lo contrario es andar al aire de idas y venidas, pero todo sin raíces, con la misma superficialidad. Como los niños del evangelio que nos tocan y no bailamos, se lamentan y no lloramos. Es decir, no sabemos ni lo que queremos. Nada nos va bien y perdemos la sensibilidad para empatizar con todos. En todo encontramos alguna pega y no precisamente para ser constructivos. Ni contigo ni sin ti, -dice el refrán-, tienen mis males remedio, contigo porque me matas, sin ti porque yo me muero.

No sé si llegamos a tal grado, pero ciertamente, nuestro mal reside en nosotros, no en los que nos rodean que no llegan nunca a complacernos. Ni siquiera Dios. Preguntémonos, quizá, dónde está la raíz de mis insatisfacciones, esa que no me deja ni bailar ni llorar, ni aplaudir al que canta ni valorar al que calla. Es decir, no me deja esperar nada. Y eso, en la vida y en Adviento, puede ser un problema.




«Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa »


Lecturas del San Bartolomé, apóstol

Primera lectura

Lectura del libro del Apocalipsis (21,9b-14)

 

Salmo

Sal 144,10-11.12-13ab.17-18

 

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Juan (1,45-51)

Desde 16 oct 2011

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