Obtenemos noticias sobre la Virgen Madre de Dios y de la Iglesia:

       De las fuentes de la Revelación: Palabra de Dios escrita (Sagrada Escritura) y Palabra de Dios transmitida de viva voz a través de todas las generaciones (Tradición).

           En la Biblia, en el Antiguo Testamento, nos habla de la Virgen de manera misteriosa. En el Génesis aparece íntimamente llegada a la promesa del Redentor inmediatamente después del pecado de nuestros progenitores, así como Eva estaba íntimamente ligada con Adán en la comisión de ese pecado. Las palabras de Yahvé: " Yo pongo enemistad entre ti y la mujer, entre tu linaje y el suyo; él te aplastará la cabeza mientras tú te abalances a su calcañal " (Gén 3, l5), nos hacen ver a Cristo con María triunfando sobre el demonio tentador. En las personas bíblicas de Rut, Judit, Ester, así como en la Esposa de los Cantares y, sobre todo en la Hija de Sión, se ha visto vislumbrada la figura de María, así como en múltiples textos de los libros sapienciales, que la Iglesia recibe en su liturgia mariana. Así también aparece, según el mismo entender de los santos padres, la figura del misterio de la Virgen Fecunda en la nube que el profeta Elías divisara desde el Monte Carmelo, y que se convirtió en abundante lluvia (l Re l8, 44), con grandes beneficios para la tierra de Israel esterilizada tras larga sequía.

       En el Nuevo Testamento aparece María aureolada de una sobriedad maravillosa que hace más admirables y llenos de frescor natural los relatos. En los Sinópticos (Evangelios de San Mateo, San Marcos y San Lucas), especialmente en San Lucas, se nos manifiesta la presencia histórica de María en los hechos de la Infancia del Señor. El Evangelio de San Juan nos complementa, por decirlo así, la Mariología del Nuevo Testamento con el relato detallado del papel espiritual de María en las Bodas de Caná y al pie de la Cruz del Señor, en el Calvario. (Jn 2,l2, l9,25-27)

       Los Hechos de los Apóstoles nos completan la figura neotestamentaria de María, describiéndonos su presencia en la naciente Iglesia del Cenáculo y Pentecostés y, por fin, en el Apocalipsis se vislumbra, según la constante interpretación de la Iglesia en sus Santos Padres y en la Liturgia, el misterio de la gloria de María.

       La Tradición segunda gran fuente de la Palabra de Dios revelada, nos presenta a María, bien sea a través de las decisiones de los concilios y de los Sumos Pontífices acerca de sus diversos misterios, o bien en los comentarios de los Santos Padres y escritores eclesiásticos, así como también en las manifestaciones de la arqueología, del arte cristiano de todos los tiempos, y de la liturgia.

1 Mariología

 Se le llama Mariología a los estudios sistemáticos sobre la madre de Jesús, la Virgen María basados en la Palabra de Dios, la Tradición de la Iglesia, los santos Padres, el Magisterio, la teología y la fe de los fieles. A lo largo de la historia se ha ido preguntando sobre el lugar de la mariología dentro de la teología, si tenía su espacio propio o si se la vinculaba con la eclesiología como lo ha hecho el Concilio Vaticano II, quien la ha incorporado en un capítulo de la Constitución Dogmática Lumen Gentium.

 1.1 Mariología en la actualidad

 El término Mariología surgió para indicar un tratado distinto y separado según el método escolástico y su uso ha variado con el correr de la historia. En el siglo XX, se observa una fase de ascensión de la mariología representada por la elaboración del tratado mariológico y su introducción en las escuelas de teología. Así como también, otra fase de contestación que la pone en crisis y otra de recuperación mariológica sobre nuevas bases y un nuevo enfoque. En la Mariología actual ha surgido un interés creciente por investigar la vida concreta de María y su significado salvífico. También se está recuperando su imagen histórica, existencial, por lo cual se han publicado desde principios del siglo XX varias “Vidas de María.” A través de las fuentes bíblicas se ha incursionado en su vida histórica que hace referencia a Jesús y que ayuda a conocer su lugar en la vida de la Iglesia. Se han elaborado “retratos espirituales,” “íconos aislados de su figura” que no son biografías pero que se acercan a su figura.

1.2 Ecumenismo

A lo largo de los siglos, la mariología y el culto mariano junto con otras temáticas referidas al papado y a los ministerios de la Iglesia, se han presentado como dificultades encontradas en el camino de la unificación de la cristiandad. Tanto es así que las divergencias entre la postura protestante y la católica frente a la madre del Señor, se pueden considerar insuperables a pesar de los esfuerzos del ecumenismo. Una de las dificultades citadas por K. Barth y W. von Lowenich es la mediación de María. Para J. Daniêlou, éste es el corazón mismo del problema de divergencia entre ambos (NAPIÓRKOWSKI, S., 2001, p. 644).

Dentro de las raíces del problema, se encuentran metodologías teológicas incompatibles como la que afirma que, solo por medio de la Escritura (sola Scriptura), se interpreta la Divina Revelación sin la Sagrada Tradición. También la visión antropológica que considera al ser humano cooperador de Dios (cooperatio), es decir, que con la ayuda de la gracia, puede merecer y hacer de intermediario llevando la salvación de Jesús a los demás. Así como la doctrina sobre la comunión de los santos, (communio sanctorum) que une en amistad a los que viven junto a Dios y a los que peregrinan en la tierra. Ambas visiones son contrarias a los principios protestantes de que solo a través de Cristo (solus Christus), solo por su gracia, (sola gratia) y solo por la fe (sola fides), Dios salva. El principio que afirma a Cristo como único Mediador (Chistus o unus Mediator), se considera -en particular- como una interpretación exclusivista y antimariológica. Acentúa que María no ejerce ninguna función mediadora y excluye la posibilidad de que los creyentes podamos dirigirnos a ella o a los santos a través de la oración y la intercesión.

En cuanto a las dificultades relacionadas a los conceptos mariológicos y las prácticas devocionales hay diversas causas, algunas son fruto de abusos del catolicismo que ha promovido maximizar la piedad mariana. Un ejemplo es la máxima de san Bernardo de Claraval al afirmar que sobre María nunca se dice lo suficiente, (De María numquam satism).

En la base de esas divergencias se encuentra la falta de conocimiento y comprensión recíproca entre católicos y no católicos que imposibilita lograr acuerdos. Se han cometido errores en ambas partes y, con el correr de los años, se han realizado encuentros y diálogos ecuménicos que dejaron espacios abiertos para continuar la discusión mariológica.

El decreto del Concilio Vaticano II sobre el ecumenismo, Unitatis redintegratio 11, recuerda que “hay un orden o “jerarquía” de las verdades en la doctrina católica, por ser diversa su conexión con el fundamente de la fe.” Esta frase hace referencia a situaciones de desconocimiento por parte de los fieles de las verdades de la fe que se podrían interpretar en sus acciones, tales como orar frente a los altares laterales de la Virgen y de los santos y no frente al Santísimo Sacramento en su tabernáculo.

Las actitudes polémicas continúan en ambas partes. El retorno a las fuentes bíblicas para la interpretación de la mariología ha ayudado en el diálogo ecuménico. Se detecta, aquí, el grupo ecuménico de Dombes (1936), pionero en la búsqueda de la unidad eclesial entre protestantes y católicos. El documento sobre “María en el plan de Dios y la comunión de los santos,” (1998) de su autoría, fue una contribución positiva en uno de los temas más controvertidos, allanando el camino para el diálogo ecuménico.

Los avances en la reinterpretación de los dogmas son espacios que se abren en la búsqueda de la unidad, como lo expresan las conclusiones de los congresos mariológicos internacionales con participación de protestantes y ortodoxos: “La declaración ecuménica sobre la función de María en la obra de la redención,” Roma 16 de mayo de 1975 y “declaración ecuménica sobre la veneración de María, Zaragosa, 9 de octubre de 1979. En EEUU, el diálogo ecuménico se inició en 1965 con el patrocinio del comité nacional de la federación mundial luterana y la conferencia episcopal católica de EEUU.

Para resolver la situación de la mariología y buscar la unidad anhelada en el ecumenismo, los problemas a resolver según el mariólogo Napíorkowski, (cfr. (NAPIÓRKOWSKI, S., 2001, pp. 652-653), serían:

-Admitir la existencia del pluralismo teológico en las iglesias y así también a través de las diversas estructuras de pensamiento, es difícil, sino imposible un acuerdo pleno. Se pueden lograr acercamientos pero no se logra una identificación plena como, por ejemplo, con los dogmas de la inmaculada o de la asunción.

-Es necesario una corrección del modelo de mediación de María, ya que el modelo por María a Cristo tiene dificultades teológicas, pastorales y ecuménicas.

-Es necesario evitar cualquier falsa exageración como lo expresa LG 67: “en las expresiones o en las palabras, que se evite cuidadosamente todo aquello que pueda inducir a error a los hermanos separados o a otras personas acerca de la verdadera doctrina de la iglesia”.

-La necesitad de realizar estudios profundos sobre la religiosidad popular, porque en ella se encuentran las mayores reservas de fe mariana.

 1.3 Dogmas marianos

 Toda la vida de María está referenciada a Jesús y a la Iglesia a través de los dogmas de la Inmaculada Concepción, Maternidad divina (Theotókos), Virginidad perpetua y Asunción al cielo siguen afirmando el misterio de Dios obrado en María. Pablo VI afirma que “la genuina piedad cristiana no ha dejado nunca de poner de relieve el vínculo indisoluble y la esencial referencia de la Virgen al Salvador Divino” (MC 25). Según San Juan Damasceno, María es el compendio de todos los dogmas: “El solo nombre de Theotókos, Madre de Dios, contiene todo el misterio de la “economía,” (DAMASCENO, Juan, La fe ortodoxa III, 12: PG 94, 1029c9). Esta definición dogmática tuvo lugar en el Concilio de Éfeso en el año 431. Cirilo de Alejandría debatió con Nestorio, el patriarca de Constantinopla, quien sostenía la tesis de llamarla Christotokos, que significa “Madre de Cristo,” para restringir su papel como madre sólo de la naturaleza humana de Cristo y no de su naturaleza divina. El término Theotókos (Deipara, Mater Dei), que significa “portadora de Dios”, fue el que mejor describió la unión inseparable y perfecta de la naturaleza humana y divina de Jesús. Podemos decir que “Dios queda al descubierto no como una idea desencarnada, un ideal de santidad extra-mundana, una eternidad separada de la historia, sino como la Vida originaria que es encarnada por María en la carne concreta de la historia. Por eso, buscar a Dios es descubrir su presencia en la misma historia y realidad humana, en los acontecimientos que se van realizando dentro de la historia. Esto es lo que manifiesta el concilio de Éfeso con el dogma cristiano de la Theotókos, dogma que nos lleva más allá de todo intento espiritualista” (TEMPORELLI, M.C., 2008, p.57).

El dogma de la Virginidad perpetua, antes del parto, en el parto y después del parto, “virginitas ante partum, in partu et post partum” (Cfr. DS 251) pertenece a la fe cristiana desde los orígenes de la Iglesia. La definición “virginidad antes del parto”, virginitas ante partum se comprende desde la fe basada en la Escritura especialmente de los evangelios de Mateo (1,18-25) y de Lucas (1,26-38). Esta referencia trata sobre el aspecto físico, es decir, que Jesús no fue el fruto de una relación marital con José, sino fruto del Espíritu Santo en su seno virginal.

Para comprender la definición “virginidad en el parto,” virginitas in partu, es preciso distinguir entre las representaciones sensibles que se han dado del mismo y la afirmación de fe. Es una verdad de fe la afirmación de que María siguió siendo virgen física y moralmente en el parto, la cual fue definida en el año 649 por el concilio Lateranense (DS 503).

La Definición virginidad después del parto, virginitas post partum, perdura desde tiempos inmemoriales reconociendo que María después del parto de Jesús no tuvo más hijos ni consumó su matrimonio con José. La Palabra de Dios no expresa específicamente esta situación sino que se convirtió en una verdad de fe, como evidencia teológica de que la vida de María estaba orientada hacia la maternidad de Jesús. Incluso cuando en el evangelio se nombra a los hermanos de Jesús (cfr. Mt. 12, 46-50; Lc.8, 19-20, Mc.3, 31-35), se sabe por la exégesis que son sus primos en diversos grados.

En síntesis, la virginidad de María nos habla de una manera de ser, de existir, de realizarse, de hacer. Es la asimilación de la forma de vivir que tuvo Jesús. Es la forma radical de pensar, sentir y actuar desde criterios evangélicos que llegan a impregnar toda la persona, (cfr. TEMPORELLI, M.C., 2008, p.105).

El dogma de la Inmaculada concepción proclamado por Pío XI el 8 de diciembre de 1854:

La bienaventurada Virgen María, en el primer instante de su concepción, fue preservada   incólume de toda mancha de pecado original, debido a un especialísimo privilegio de la gracia de Dios omnipotente, con vistas a los méritos de Jesucristo, Salvador del género humano, ha sido revelada por Dios y por tanto ha de ser sólida y constantemente creída por todos los fieles (DS 2803).

 La interpretación de esta definición dogmática tiene en cuenta que María, por los méritos de Cristo, fue preservada del pecado original por decisión divina al ser elegida como la madre de su Hijo, sin ser mencionadas las consecuencias de ese pecado original. “El misterio de la “llena de gracia” que comienza en el instante de su concepción, se despliega a lo largo de toda su historia, y se palpa en el ámbito de la alianza que supone la escucha y la respuesta como persona que se realiza libremente en la historia. (…) La Inmaculada trae aparejada una visión positiva sobre el surgimiento humano y nuestros orígenes, superando la vinculación generación-pecado, y permitiéndonos recuperar el sentido positivo de la corporalidad y sexualidad. Afirma nuestra confianza en el valor de la vida en general y de las personas.” (cfr. TEMPORELLI, M.C., 2008, p.145).

El dogma de la Asunción de María, proclamado por Pío XII en 1950: “Es un dogma divinamente revelado que María, la madre de Dios, inmaculada y siempre virgen, tras el término del curso terreno de su vida, fue elevada en cuerpo y alma a la gloria celestial” (DS 2803). Esta fórmula no afronta el problema de la muerte de María, no dice explícitamente si murió. Esta cuestión queda a la libre interpretación de la discusión teológica. La palabra asunción, es un concepto teológico que no expresa la idea de cambio de lugar, sino de estado. Podemos decir que la Asunción significa una integración de las condiciones mortales del ser humano en sus aspiraciones a la felicidad y, a la vez, el esfuerzo de la liberación de toda la vitalidad humana, de modo que sin negar la verdad del dolor, el sufrimiento y la muerte, el ser humano puede interpretar su propio final sin conceder a esa muerte la última palabra,” (TEMPORELLI, M.C., 2008, p. 194).

1.4 Mariología popular

La mariología popular se refiere a la manera cómo el pueblo vive su fe y amor a la Virgen María, haciendo vívido lo que ha recibido a través de la formación católica y el lugar que tiene María en el conjunto de la religión del pueblo. Se expresa en las manifestaciones de fe a la Virgen María, mediante la cual el pueblo formula su comprensión popular de María, identidad que naturalmente el pueblo le da a partir de la imagen que tiene de ella.

La religión popular es un tema de investigación multidisciplinar, por lo tanto, necesita incorporar en el estudio el aporte de otras ciencias y disciplinas que tengan relación con el ser humano como la historia, la antropología, la sociología, la teología, la filosofía, la psicología, entre otras. Es un tema complejo, que requiere una metodología adecuada para ser comprendido adecuadamente y no ser objeto de análisis que desvirtúe su riqueza original. (cfr. SILVEIRA, M. P. 2013).

1.5 María en las Conferencias Episcopales Latinoamericanas

 En los documentos de las Conferencia Episcopales Latinoamericanas, desde la primera conferencia de Río de Janeiro hasta Aparecida (1955-2007), se encuentran referencias a la Virgen María (Cfr. DE FIORES, S. 2008, p. 65-76). La Iglesia latinoamericana al difundirlas, colaboró en la formación de la imagen de la Virgen y que el pueblo latinoamericano asumió como propia.

El documento de Río de Janeiro (1955) cita a María en forma esporádica y sin relevancia teológica. Se habla de ella por primera vez en un inciso que dice: “confiado en el Santísimo Corazón de Jesús y en la Inmaculada Virgen María, Madre de Dios, Reina de América.” La segunda cita es criticada porque se orienta a la difusión de la “Obra del Apostolado del Mar, bajo la advocación de la Virgen María, Stella Maris” (CELAM, 1955).

El documento de Medellín (1968) solo alude a su protección en la presentación del documento y luego hay un “silencio inexplicable” sobre su figura  (CELAM, 1968).

En el documento de Puebla (1979) es presentada como “madre y modelo de la Iglesia;” destacando su figura de “mujer y madre,” que despierta el “corazón filial que duerme en todo hombre” (DP 295). Es la “pedagoga del Evangelio en América Latina” (DP 290). El documento reconoce a la “Iglesia familia que tiene por madre a la Madre de Dios” (DP 285). Se esboza su figura de “creyente y discípula perfecta que se abre a la palabra dejándose penetrar por su dinamismo” (DP 296). También se dice que es modelo de comunión, “entretejiendo una historia de amor con Cristo, íntima y santa verdaderamente única, que culmina en la gloria” (DP 292). Afirma que en María y en Cristo todos obtienen “los grandes rasgos de la verdadera imagen del hombre y la mujer” (DP 330).Y en la “hora de la nueva evangelización” y del nuevo Pentecostés, citando a Pablo VI, pide “que María sea en este camino “Estrella de la Evangelización siempre renovada”” (EN 81)” (DP 303).

El documento de Santo Domingo (1992) presenta a María como modelo de evangelización de la cultura. Afirma que ella “pertenece a la identidad cristiana de nuestros pueblos latinoamericanos,” siendo “modelo de vida para los consagrados y apoyos seguro de su fidelidad” (SD 283 y 85). La ubica en el papel de “protagonista de la historia por su libre cooperación, elevada a la máxima participación con Cristo.” Es la “primera redimida y creyente,” está presente en la piedad popular (SD 15 y 53). Al final del documento, hay una profesión de fe pidiendo “la protección de Nuestra Sra. de Guadalupe” (SD 104 y 289).

En el documento de Aparecida (2007), su figura es de “discípula misionera, formadora de discípulos misioneros.” Ante los problemas de América Latina y el Caribe se invita, a partir de Cristo y para identificarse con él, según el plan de salvación, emerge la figura de María (DA 41). Su rol es unificar y reconciliar a los pueblos por su “presencia materna indispensable y decisiva en la gestación de un pueblo de hijos y hermanos, discípulos y misioneros de su Hijo” (574 DA). Su figura se destaca siendo “la más perfecta discípula y el primer miembro de la comunidad de los creyentes en Cristo.” “Mujer libre y fuerte, conscientemente orientada al seguimiento de Cristo” (DA 266 y 269). “Espléndida imagen de configuración según el proyecto trinitario que se realiza en Cristo” (DA 141). “Seguidora más radical de Cristo y su magisterio,” por lo cual Benedicto XVI invita a “permanecer en la escuela de María” (DA 270). Siendo discípula entre los discípulos, colabora en la recuperación de la “dignidad de la mujer y su valor en la Iglesia.” Se compromete con “su realidad con voz profética” (DA 451) como el en Magnificat. Cuando se afronta el problema de la dignidad y participación de las mujeres en la vida de la comunidad, se toma a María como una referencia para “escuchar el clamor silenciado de las mujeres sometidas a la exclusión y a la violencia” (DA 454). Al final del documento, los obispos piden su “compañía siempre cercana, llena de compasión y de ternura” para que ella “nos enseñe a salir de nosotros mismos en camino de sacrificio, amor y servicio” (DA 453).

 1.6 María y la mujer

 “Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que se hallaban bajo la ley, y para que recibiéramos la filiación adoptiva”(Gál 4, 4). Al contemplar el don singular que Dios hizo a María como la Madre del Señor, se evidencia en el testimonio de su vida, el respeto que tiene Dios por la mujer y su gran estima, al darle un lugar tan importante en la historia de la humanidad. “El Padre de las misericordias quiso que precediera a la encarnación la aceptación de la Madre predestinada, para que de esta manera, así como la mujer contribuyó a la muerte, también la mujer contribuyese a la vida” (LG 56).

Se interpreta aquí, que tanto la mujer como el hombre desobedecieron experimentando la lejanía del Creador, y

en María, Dios suscitó una personalidad femenina que supera en gran medida la condición ordinaria de la mujer, tal como se observa en la creación de Eva. La excelencia única de María en el mundo de la gracia y su perfección son fruto de la particular benevolencia que quiere elevar a todos, varones y mujeres, a la perfección moral y a la santidad propias de los hijos adoptivos de Dios. María es “bendita entre todas las mujeres,” sin embargo, en cierta medida, toda mujer participa de su sublime dignidad en el plan divino. (JUAN PABLO II, 1998, p. 44).

 Al elegir a María como la Madre del Redentor se está recreando y enriqueciendo la dignidad humana frágil y limitada, ya que ella es el punto de encuentro “entre la riqueza de la comunidad divina y la pobreza de su condición humana”. Así lo afirma la teóloga Lina Boff, basándose en la carta de san Pablo a los Corintios: “la generosidad de nuestro Señor Jesucristo, que siendo rico, se hizo pobre por nosotros para enriquecernos con su pobreza.” (cfr. 2Cor 8,9). Los Padres de la Iglesia (Gregorio Nacianceno y los padres capadocios), a partir de esa frase, elaboraron la llamada “teología del intercambio” aplicándola de manera especial al misterio de la encarnación, donde María es el lugar donde se produce el intercambio admirable. En su cuerpo el Hijo de Dios tomó cuerpo humano con su carne y su sangre, y Jesús recibió la experiencia de su amor cotidiano al compartir la vida con sus limitaciones y fatigas durante muchos años (cfr. BOFF, Li., 2001,p.23).

El misterio de la encarnación enriquece la dignidad humana porque posibilita la elevación sobrenatural a la unión con Dios en Jesucristo, que determina la finalidad tan profunda de la existencia de cada persona, tanto sobre la tierra como en la eternidad. Siguiendo este pensamiento, la mujer es la representante y arquetipo de todo el género humano, es decir, representa aquella humanidad que es propia de todos los seres humanos, ya sean hombres o mujeres (MD 4). Si se pierde de vista este hecho, surgen visiones erróneas que desprecian el papel de la mujer comparándola al varón, desvalorizando sus capacidades, poniéndola en una escala inferior. Es decir que el dualismo en el pensamiento, fruto de una concepción patriarcal, puede influir en la comprensión de la mujer idealizándola o desvalorizando su condición real. El desafío es describirla desde una antropología centrada en lo humano, realista, unificadora, pluridimensional, igualitaria y de compañerismo (Cfr. Johnson, E., 2005, p. 94).

La obra de Leonardo Boff, El Rostro materno de Dios: ensayo interdisciplinar sobre lo femenino y sus formas religiosas, (BOFF, L., 1979) aporta elementos para un análisis y discusión sobre la figura de María-mujer, persona histórica y objeto de fe. Es un primer ensayo de tratado mariológico adaptado a nuestro tiempo en el que se recuperan los datos de la tradición eclesial y rescata la importancia de la figura de María para los cristianos de hoy. Fue muy discutida su hipótesis sobre una relación hipostática entre María y el Espíritu Santo. Esta discusión lleva a que se sigan las interpretaciones que empujan a la mariología a una transformación radical, tanto en su estructura como en el contenido, el método, el lenguaje.

La figura de María manifiesta una estima tan grande de Dios por la mujer, que cualquier forma de discriminación queda sin fundamento teórico (…) Contemplando a la Madre del Señor, las mujeres podrán comprender mejor su dignidad y la grandeza de su misión. Pero también los hombres, a la luz de Virgen Madre, podrán tener una visión más completa y equilibrada de su identidad, de la familia, de la sociedad. (JUAN PABLO II, 1998, p. 45).

 El acontecimiento de la encarnación, en el cual el “Hijo, consubstancial al Padre,” hombre “nacido de mujer,” constituye el punto culminante y definitivo de la autorrevelación de Dios a la humanidad (…) que tiene un carácter salvífico.” (MD 3). La mujer, entonces, se encuentra en el corazón mismo de este acontecimiento salvífico, ya que de una mujer, María, el Hijo de Dios se hace hombre, necesitando de su cuerpo, de su vida para nacer. Ella, como toda mujer, tiene la capacidad de engendrar, acogiendo en su cuerpo al nuevo ser. Constitutivamente su cuerpo está acondicionado para recibir la vida y acogerla en la interioridad. Colabora con su gestación, alimentándola con su sangre y distinguiendo su alteridad, es un ser distinto, aunque esté “dentro” de su cuerpo. Así, el cuerpo de la mujer es un “espacio abierto” que puede ser habitable y donde ella guarda, protege y alimenta a la criatura. En la formación de la nueva vida no es pasiva ni autosuficiente, necesita de un varón para su concepción. Vale decir que “el seno de la mujer es la primera morada de todo ser humano, sea varón o mujer” (PORCILE, T., 1995, p.188).

En María, la maternidad del Hijo de Dios es un don, fruto del Espíritu Santo y su vida se entiende desde ese misterio. El “espacio interior” donde se gesta la vida contiene características tales como: calidez, ternura, amor, paciencia, tiempos de fecundidad, donación de sí misma con riesgo de vida, capacidad de dar a luz y de sufrir. En su vientre vive el Dios vivo, el autor de la Vida en aquella mujer, criatura creada con la capacidad de engendrar y ser madre. “Desde el comienzo de la revelación la mujer está ligada a la generación de la vida, es considerada la madre de los vivientes, la madre de la vida, por eso conoce las condiciones que ésta exige en su lento germinar” (TEMPORELLI, M.C., 2008, p.45).

En Puebla se dice que “María es mujer (…) En ella Dios dignificó a la mujer en dimensiones insospechadas. En María el Evangelio penetró la feminidad, la redimió y exaltó (…). María es garantía de la grandeza femenina, muestra la forma específica de ser mujer, con esa vocación de ser alma, entrega que espiritualiza la carne y encarne el espíritu” (DP 299).

En el vientre de María se inaugura una nueva alianza con la humanidad, porque gracias a su fiat, el Hijo puede hacerse hombre y decir al Padre: “Me has formado un cuerpo. He aquí que vengo, Padre, para hacer tu voluntad” (cfr. Heb 10, 5-7). La virginidad y la maternidad coexisten en ella, al igual que su ser esposa e hija, por eso su figura es cercana a todo ser humano. María “es de nuestra estirpe”, “una verdadera hija de Eva,” y “verdadera hermana nuestra, que ha compartido en todo, como mujer humilde y pobre, nuestra condición” (Cfr. MC 56).

María del Pilar Silveira, Facultad de Teología de la Universidad Católica Andrés Bello, Caracas, Venezuela. Texto original Español.

 2. Referencia Bibliográfica

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El Corazón De María: Afligido Por Los Sufrimientos Del Corazón De Jesús

El Corazón Admirable de la Madre de Dios, Libro XII, Capítulo 5

Los dolores que el Corazón adorable de nuestro Salvador soportó al ver a su santísima Madre sumergida en un mar de tribulaciones en el tiempo de su Pasión, son inexplicables e inconcebibles.Una vez que la bienaventurada Virgen fue Madre de nuestro Redentor, soportó incesantemente uncombate de amor en su Corazón. Porque conociendo que era la voluntad de Dios que su amado Hijosufriera y muriera por la salvación de las almas, el amor muy ardiente que tenía para con esta divinavoluntad y para con las almas la ponía en una entera sumisión a las órdenes de Dios; y el amorinconcebible de Madre a su queridísimo Hijo, le causaba dolores indecibles a vista de los tormentosque había de sufrir para rescatar el mundo.

Llegado el día de su Pasión, creen los Santos, que a juzgar por el amor y obediencia con quesiempre se conducía con su santísima Madre y conforme a la bondad que tiene de consolar a sus amigasen las aflicciones, antes de dar comienzo a sus sufrimientos, se despidió de esta Madre queridísima. Afin de hacerlo por obediencia tanto a la voluntad de su Padre como a la de su Madre, que era la misma, pidió licencia a ella para ejecutar la orden de su Padre. Le dijo que era voluntad de su Padre que leacompañase al pie de la cruz y envolviese su cuerpo, cuando muriera, en un lienzo para ponerle en elsepulcro; le dio orden de lo que tenía qué hacer y dónde había de estar hasta su Resurrección.

Es igualmente creíble que le dio a conocer lo que Él iba a sufrir para prepararla y disponerlaa que le acompañara espiritual y corporalmente en sus sufrimientos. Y como los dolores interiores deambos eran indecibles, no se los declararon con palabra: sus ojos y sus corazones se comprendían ycomunicaban recíprocamente. Pero el perfectísimo amor reciproco y la entera conformidad quetenían a la voluntad divina, no permitían que hubiese imperfección alguna en sus sentimientosnaturales. Siendo el Salvador el Hijo único de María, sentía mucho sus dolores, pero como era suDios, la fortificaba en la mayor desolación que jamás ha habido, la consolaba con divinas palabras queella escuchaba y conservaba cuidadosamente en su Corazón, con nuevas gracias que continuamentederramaba en su alma, a fin de que pudiese soportar y vencer los violentísimos dolores que le estabanpreparados. Eran tan grandes estos dolores, que, si le hubiera sido posible y conveniente sufrir enlugar de su Hijo, le hubiera sido más soportable que el verlo padecer y le hubiera sido más dulce darsu vida por El, que verle soportar suplicios tan atroces. Pero, no habiendo dispuesto Dios de otramanera, ofreció ella su Corazón y dio a Jesús su Cuerpo, a fin de que cada uno sufriese lo que Dios había ordenado. María había de sufrir todos los tormentos de su Hijo en la parte más sensible que es suCorazón y Jesús había de soportar en su Cuerpo sufrimientos inexplicables y en su Corazón los de susanta Madre que eran inconcebibles.

Se despidió el Salvador de su santísima Madre y fue a sumergirse en el océano inmenso de susdolores; y su desolada Madre en continua oración, lo acompañó interiormente, de suerte que en este triste día comenzaron para ella las plegarias, las lágrimas, las agonías interiores y, conperfectísima sumisión a la divina voluntad, repetía con su Hijo, en el fondo de su Corazón: «Padre, no se haga mi voluntad, sino la tuya.»[1]

La noche en que los judíos prendieron a nuestro Redentor en el Huerto de los Olivos, lecondujeron atado a casa de Anás y luego a la de Caifás, donde se hartaron de burlarse y ultrajarle demil maneras. Hasta el amanecer quedó Jesús en aquella prisión, después de que todos se hubieron ido acasa. También San Juan Evangelista marchó de allí sea por orden de Nuestro Señor, sea por divina inspiración y fue a dar cuenta a la Santísima Virgen de lo ocurrido. Dios mío, ¡qué lamentos, tristezas y dolores se cruzaronentre la Madre de Jesús y el discípulo amado, mientras éste contaba y ella escuchaba losacontecimientos! En verdad, los sentimientos y angustias de ambos fueron tales, que cuanto se diga esnada en comparación de la realidad. Más decían con el corazón que con los labios, más con sus lágrimasque con discursos, en especial la bendita Virgen, puesto que su grandísima modestia, impidiéndolepalabra alguna desconcertada, hacía sufrir su Corazón lo que nadie puede imaginar.



A llegar el tiempo de buscar y acompañar a su Hijo en los tormentos, sale de su casa al apuntarel día, silenciosa como el Cordero divino, muda como oveja; va regando el camino con sus lágrimas y de su Corazón se elevan al cielo ardientes suspiros. Acompáñenla en adelante susdevotos en sus dolores, caminando por la vía del dolor.

En medio de ultrajes e ignominias los judíos conducen al Salvador a casa de Pilato y deHerodes, pero a causa de la multitud y del alboroto del pueblo, su Madre no logra verlo hasta que esmostrado a la muchedumbre flagelado y coronado de espinas. Entonces es cuando su Corazón sufrió dolores inmensos y «sus ojos derramaron torrentes de lágrimas»[2] al oír las voces del populacho,el tumulto de la ciudad, las injurias que los judíos vomitaban contra su Hijo, las afrentas que lehacían, las blasfemias que proferían contra Él. Más como había puesto todo su amor en Él, aunque supresencia fuese lo que más la debía afligir, era no obstante, lo que deseaba por encima de todo: el amortiene estos extremos, soporta menos la ausencia del amado que el dolor, por grande que sea, que supresencia le hace sufrir.

Entre tales amarguras e inimaginables angustias, esta santa Oveja suspira por la vista del divino Cordero. Al fin le vio todo desgarrado por los azotes, su cabeza atravesada porcrueles espinas, su adorable rostro amoratado, hinchado, cubierto de sangre y de salivazos, con unacuerda al cuello, las manos atadas, un cetro de caña en la mano y vestido con túnica de burla. Sabe Él que allí está su Madre dolorosa; conoce ella que su divina Majestad ve los sentimientos de su Corazóntraspasado por dolores no menores a los soportados por Él en su Cuerpo. Oye los falsos testimonios contra Él y cómo es pospuesto a Barrabás, ladrón y homicida. Oye miles de voces clamar llenas de furor[3].

Escucha la cruel e injusta sentencia de muerte contra elAutor de la vida. Ve la cruz en la que se le va a crucificar y cómo marcha hacia el Calvario cargándolasobre sus espaldas. Siguiendo las huellas de su Jesús, lava con lágrimas el camino ensangrentado porsu Hijo. También soportaba en su Corazón cruz tan dolorosa como la que llevaba Él sobre sushombros.

En el Calvario las santas mujeres se esfuerzan por consolarla. A imitación de su dulceCordero, enmudece y sufre inconcebibles dolores: oye los martillazos que los verdugos descargansobre los clavos con los cuales sujetan a su Hijo en la cruz. Al ver al que amaba infinitamente más que a sí misma, pendiente de la cruz entre tantos y tan crueles dolores, sin poder prestarle el menoralivio, cae en brazos de los que la acompañan. Era tanta su debilidad después de velar toda la noche, haber llorado tanto y sin tomar alimento alguno que pudiera sostenerla. Entonces, se le secaron las lágrimas, perdió el color, estremecida de dolor, no tiene más reactivo que las lágrimas de suscompañeros, hasta que su Hijo le da de nuevo fuerzas para que le acompañe hasta la muerte[4].


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De nuevo bañada por ríos de lágrimas, sufre martirios de dolores a la vista de su Hijo y suDios pendiente de la cruz. Sin embargo, en su alma, hace ante Dios oficio de medianera por lospecadores, coopera con el Redentor a su salvación y ofrece por ellos al Eterno Padre, su sangre,sufrimientos y muerte, con deseo ardentísimo de su eterna felicidad. El indecible amor que tiene a suquerido Hijo, le hace temer verle expirar y morir, pero a la vez le llena de dolor el que sustormentos duren tanto que sólo con la muerte van a terminar. Desea que el Eterno Padre mitigue elrigor de sus tormentos, pero quiere conformarse enteramente a todas sus órdenes. Y así, el amordivino hace nacer en su Corazón contrarios deseos y sentimientos, que le hacen sufrir inexplicablesdolores.

La bendita Oveja y el divino Cordero, se miran y entienden y comunican sus dolores solamente comprendidos por estos dos Corazones de Hijo y Madre, que, amándose mutuamente en perfección,sufren a una estos crueles tormentos. Y siendo el mutuo amor la medida de sus dolores, los que losconsideran están tan lejos de poder comprenderlos cuanto de entender el amor de tal Hijo a tal Madrey recíprocamente.

Los dolores de la Santísima Virgen aumentan y se renuevan continuamente con los ultrajes ytormentos que los judíos ocasionan a su Hijo.

Qué dolor, al oírle decir: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»[5]¡Qué dolor al ver que le dan hiel y vinagre en su ardiente sed!Sobre todo, ¡qué dolor al verle morir en un patíbulo entre dos malhechores! ¡Qué dolor al ver traspasarsu Corazón con una lanza! ¡Qué dolor, cuando le recibe en susbrazos! ¡Con qué dolor se retira a su casa aesperar su resurrección! ¡De cuán buena gana hubiera sufrido esta divina Virgen todos los doloresde su Hijo, antes que vérselos sufrir a Él!

Efecto de la perfecta caridad, al obrar en los corazones de quienes se esfuerzan por imitar a sudivino Padre y a su bondadosísima, Madre, es hacerles soportar con gusto sus propias aflicciones ysentir vivamente las de los demás, de suerte que les es más fácil soportarlas ellos mismos que verlaspadecer por los demás.

Es lo que el Salvador hizo durante su vida terrena y especialmente en su Pasión. En efecto,sabiendo que Judas le había vendido, demostró mayor sentimiento por su condenación: «mejor le hubiera sido no haber nacido, si había de condenarse» que por los tormentos que por su traición teníaque sufrir.

De igual manera, a las mujeres que lloraban en pos de Él camino del Calvario, les hizo ver cuánto más sensibles le eran las tribulaciones de ellas y las de la ciudad de Jerusalén, que lo queestaba padeciendo con la cruz a cuestas. «Hijas de Jerusalén, les dice, no lloren por mí, lloren más bien ustedes y por sus hijos; porque tiempo vendrá en que se diga: dichosas las que son estériles y dichosos los senos que no han dado a luz y los pechos que no han alimentado».

Clavado en la cruz, olvidándose de sus propios tormentos, hace ver que las necesidades de lospecadores le son más sensibles que sus dolores, al decir a su Padre que les perdone. Es que el amor asus criaturas le hace sentir más los males de ellas que los propios.

De aquí que uno de los mayores tormentos de nuestro Salvador en la cruz, más sensible que losdolores corporales, es ver a su Madre sumergida en un mar de sufrimientos. A la que amaba más que atodas las criaturas juntas: la mejor de todas las madres, compañera, fidelísima de sus correrías ytrabajos y la que, inocentísima como era, no merecía sufrir en absoluto lo que padecía, por faltaalguna que hubiese cometido. Madre tan amante de su Hijo como no han sido ni serán jamás loscorazones todos de los Ángeles y Santos, sufre tormentos sin igual. ¡Qué aflicción para tal Madrever a tal Hijo tan injustamente atormentado y abismado en un océano de dolores, sin poderlo aliviar lomás mínimo!

Ciertamente, tan grande y tan pesada es esta cruz, que no hay inteligencia capaz decomprenderla. Cruz que estaba reservada a la gracia, al amor y virtudes heroicas de la Madre de Dios.

De nada le valía ser inocentísima y Madre de Dios para librarse de tan terrible tormento. Alcontrario, deseando su Hijo asemejarla a Él, quiso que el amor causa primera y principal de sussufrimientos y de su muerte que como a su Madre le tenía, y el que ella le profesaba como a su Hijo,fuese la causa del martirio de su Corazón al fin de su vida, como había sido al principio el origen desus gozos y satisfacciones.

Desde la cruz vela el Hijo de Dios las angustias y desolaciones del sagrado Corazón de susantísima Madre, oía sus suspiros y veía las lágrimas y el abandono en que estaba y en el que había dequedar después de su muerte: todo esto era un nuevo tormento y martirio para el divino Corazón deJesús. No faltaba, pues, nada de cuanto podía afligir y crucificar los amabilísimos corazones del Hijoy de la Madre.

Piensan algunos que la causa por la que el Salvador no quiso darle este nombre cuando hablódesde la cruz a su dolorosa Madre fue precisamente el no querer afligirla; y desolarla más. Solo ledice palabras que le muestran que no la había olvidado y que, cumpliendo la voluntad de su Padre, lasocorría en su abandono dándole por hijo al discípulo amado[6]. En consecuencia, San Juan quedóobligado al servicio de la Reina del Cielo, la honró como a Madre suya y la sirvió como a su Señora,juzgando el servicio que le hacía como el mayor favor que podía recibir en este mundo de suamabilísimo Maestro.

Todos los pecadores tienen parte en esta gracia de San Juan: a todos los representa al pie de lacruz y nuestro Salvador a todos los mira en su persona, a todos y cada uno dice: He aquí a tu Madre[7]: te doy mi Madre por Madre tuya y te doy a ella para que seas tu hijo. ¡Precioso don! ¡Tesoro inestimable! ¡Gracia incomparable! ¡Cuán obligados estamos a la bondadinefable de nuestro Salvador! ¡Qué acciones de gracias debemos tributarle! Nos ha dado su divinoPadre porPadre nuestro y su santísima Madre por Madre nuestra, a fin de que no tengamos más que un Padre y una misma Madre con Él. No somos dignos de ser esclavos de esta gran Reina y nos hace hijos suyos.

¡Qué respeto y sumisión debemos tener a tal Madre, qué celo e interés por su servicio y quécuidado en imitar sus santas virtudes, a fin de que haya alguna semejanza entre la Madre y los hijos!

Esta bondadosísima Madre recibió gran consuelo al oír la voz de su querido Hijo: en la última hora,una palabra cualquiera de los hijos y verdaderos amigos conforta y es singular consuelo. Como los Sagrados Corazones de tal Hijo y de tal Madre se entendían tan bien entre sí, la bendita Virgen aceptógustosa a San Juan por hijo suyo y en él a todos los pecadores, sabiendo que tal era la voluntad de suJesús.

En efecto, muriendo Jesús por los pecadores y sabiendo que sus culpas eran la causa de sumuerte, quiso, en la última hora, quitarles toda desconfianza que pudieran tener al ver los grandestormentos, fruto de sus pecados, y por esto les dio lo que más estimaba y lo que más poder tenía sobre Él, a saber, su santísima Madre, a fin de que, por su protección y mediación, confiáramos ser acogidosy bien recibidos por su divina Majestad. No cabe dudar del amor inconcebible de esta bondadosa Madrea los pecadores, ya que, en el alumbramiento espiritual junto a la cruz, sufrió increíbles dolores losque no tuvo en el alumbramiento virginal de su Hijo y Dios.

De aquí se ve claramente que los dolores de la Madre y los tormentos del Hijo terminaron engracias y bendiciones e inmensos favores a los pecadores. ¡Qué obligados estamos, pues, a honrar, amar y alabar los amabilísimos Corazones de Jesús y María; a emplear toda nuestra vida ymás si tuviéramos, en servirles y glorificarles; a esforzarnos por imprimir en nuestros corazonesuna imagen perfecta de sus eminentísimas virtudes! Es imposible agradarles andando por caminosdiferentes a los suyos.

Madre amable de mi vida
Auxilio de los Cristianos,
La gracia que necesito

Pongo en Tus benditas manos.
Dios te salve María…

Tú que sabes mis pesares
Pues todos te los confío
Da la paz a los turbados
Y alivio al corazón mío.
Dios te salve María…

Y aunque Tu amor no merezco
No recurriré a Tì en vano
Pues eres Madre de Dios
Y auxilio de los Cristianos.
Dios te salve María…

Dame tus ojos, Madre, para saber mirar;
si miro con tus ojos jamás podré pecar.

Dame tus labios, Madre para poder rezar,
si rezo con tus labios Jesús me escuchara.

Dame tu lengua, Madre, para ir a comulgar,
es tu lengua, paterna de gracia y santidad.

Dame tus labios, Madre, que quiero trabajar,
entonces mi trabajo valdrá una eternidad.

Dame tu manto, Madre, que cubra mi maldad,
cubriendo con tu manto al cielo he de llegar.

Dame tu cielo, Oh Madre, para poder gozar,
si tu me das Cielo, que mas puedo anhelar?.

Dame Jesús, Oh Madre, para poder amar,
esta será mi dicha por una eternidad.

María, Madre de misericordia, muestra a tus hijos el Corazón de Jesús, que tú viste abierto para ser siempre fuente de vida.

María, presente en medio de los discípulos, tú haces cercano a nosotros el amor vivificante de tu Hijo resucitado.

María, Madre atenta a los peligros y a las pruebas de los hermanos de tu Hijo, tú no cesas de conducirles por el camino de la salvación.