FLOR: Siempreviva VIRTUD: Constancia INTENCIÓN: Pide perseverancia en el amor a Jesús y a María para ti y para la Alianza.

Día 31: Tú, que eres Corredentora, guarda a esta familia en la fidelidad a la cruz. Que en los momentos de sufrimiento no busquemos nuestro propio bienestar, sino acompañar al que sufre. Que en los momentos de aridez y desolación nos mantengamos fieles al compromiso adquirido ante Dios y que sepamos vivir los sacrificios y luchas en unión con tu Hijo crucificado.
Te ofrezco: renovar la consagración de nuestra familia a ti .

Flor del 31 de mayo: María Reina del Cielo Fiesta de la Visitación de la Virgen

Meditación: “Apareció en el cielo una gran señal: una Mujer vestida de Sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza” (Apocalipsis 12,1). Ha sido coronada Reina del Cielo la Madre del Señor de cielos y tierras. Esposa de Dios y Madre del Redentor, quien aquí en la tierra Le demostró obediencia y siempre Su consejo contempló, ¿cómo no podremos nosotros no ser sus esclavos y servirle junto a ángeles y santos?. “En la Iglesia todos están llamados a la santidad, pues ésta es la Voluntad de Dios: vuestra santificación (conforme Primera Tesalonienses 4,3 y Efesios 1,4). María se entregó a ésta Voluntad Divina y será verdaderamente Madre y Reina nuestra si buscamos responder a su llamado de santidad. No la hagamos llorar más por los pecados que en el mundo hay, sino que entreguemos nuestra voluntad para sólo por Ella trabajar.

Oración: ¡Oh María, Reina del Cielo y de nuestro corazón!. Haznos esclavos de tu amor para hacer la Santa Voluntad y llegar a la Patria Celestial. Que tengamos la humildad de la violeta, y estemos vestidos como ella, de penitencia. Amén.

Decena del Santo Rosario (Padrenuestro, diez Avemarías y Gloria).

Nardos 

Mes de mayo

Día 31

"Seis días antes de la Pascua fue Jesús a Betania, donde estaba Lázaro, el que había estado muerto y a quien había resucitado de los muertos. Y le hicieron allí una cena; Marta servía y Lázaro era uno de los que estaban sentados a la mesa con él. Entonces María tomó una libra de perfume de nardo puro, de mucho precio, y ungió los pies de Jesús y los secó con sus cabellos; y la casa se llenó del olor del perfume.  Dijo uno de sus discípulos, Judas Iscariote hijo de Simón, el que lo había de entregar:

¿Por qué no se vendió este perfume por trescientos denarios y se les dio a los pobres?

Pero dijo esto, no porque se preocupara por los pobres, sino porque era ladrón y, teniendo la bolsa, sustraía de lo que se echaba en ella. Entonces Jesús dijo:

—Déjala, para el día de mi sepultura ha guardado esto. A los pobres siempre los tendréis con vosotros, pero a mí no siempre me tendréis". (Jn 12, 1-8)

Tenemos un único Mediador ante el Padre que es Nuestro Señor Jesucristo. Él es nuestro Mediador de Redención. "Nadie más que él puede salvarnos, pues sólo a través de él nos concede Dios a los hombres la salvación sobre la tierra" (Hech 4, 12) Lo cual no obsta para que María sea nuestra Mediadora de intercesión sin restar absolutamente nada a la única mediación de Cristo. Por el contrario, la mediación de María se apoya en la mediación de su Hijo. Ella es la Madre siempre unida al Redentor y asociada a su obra de redención y salvación de los hombres.

A través de  su mediación maternal, al interceder por nosotros está llevando a cabo el designio de Dios sobre Ella que ha querido unirla indisolublemente al Hijo y a su Obra.

Hay dos aspectos muy importantes que hemos de resaltar al contemplar a la Santísima Virgen.

El primer aspecto es la gratuidad. En esto María es reflejo de Dios que por pura gratuidad, fruto de su amor, ha creado todo cuanto existe, ha creado al género humano " a su imagen y semejanza" y lo ha redimido mediante le entrega de su Hijo.

El sentido de la gratuidad forma parte de la médula de la vida cristiana porque es una característica inherente al amor.

María es consciente en todo momento de esta gratuidad de Dios, lo que la lleva a abismarse en su pequeñez y en la grandeza del Señor que obra en Ella maravillas.

Nos atrevemos a decir que la espiritualidad de María está enraizada en esta experiencia de la gratuidad.

Ella corresponde a la inmensidad del amor gratuito de Dios entregándose enteramente, por pura gratuidad, por puro amor de Dios. No busca ser recompensada. No se mueve por ningún tipo de interés personal. Ama, sufre, se entrega plenamente y rinde a Dios el tributo de su perfecta obediencia con el único deseo de agradar a Dios y corresponder a su amor.

Este sentido de la gratuidad, o esta espiritualidad de la gratuidad que está en la raíz de todo su sentir y obrar, es lo que la mueve también a aceptar el ser Madre de la Iglesia y Madre de todos los hombres.

Ella nos ama gratuitamente y sólo por amor nos ha entregado a su hijo, nos ha concebido espiritualmente entre inenarrables sufrimientos, y continúa velando e intercediendo, sin concederse una tregua, por nuestra salvación.

Pensemos que nuestra vida cristiana, nuestra espiritualidad, no puede ser genuina ni auténtica si no vivimos a fondo el sentido de la gratuidad en nuestra relación con Dios y en nuestra relación con el prójimo.

Esta dimensión fundamental de la vida cristiana se aprende a vivir en la escuela de María. Nosotros, como nuestra Madre, hemos de pretender que nuestra vida sea como ese perfume de nardo puro derramado gratuitamente, por puro amor, sobre los pies del Maestro y sobre los pies de nuestros hermanos.

El segundo aspecto que hemos de tener siempre en cuenta como fuente de consuelo interior y como inspiración para nuestro obrar se refiere a los cuidados maternales de María.

Dios nuestro Padre cuida amorosamente de su creación entera, pero vela providencialmente con paterno amor por el género humano.

La Virgen es instrumento privilegiado en las manos de Dios para hacernos experimentar su Providencia divina. A través de Ella experimentamos el amor infinito de Dios con rasgos de ternura maternal.

Dios y María cuidan de cada uno de nosotros. Así también hemos de velar los unos por los otros. Hemos de cuidar con amor a nuestros hermanos, a todos, pero especialmente a los que más lo necesitan debido a las diversas circunstancias y trances por los que estén pasando en su vida.

Cuidar la creación que es obra de las manos de Dios, y cuidar de nuestros hermanos.

Pidamos a nuestra Madre que infunda en nuestro corazón estas dos gracias tan importantes para que vivamos como auténticos discípulos de Cristo y como verdaderos hijos de Dios. 

 

Fruto: La gratuidad y el cuidado de la creación y de nuestros hermanos.

Madre nuestra, hoy terminamos tu Mes bendito. Como Madre, comprendes y aceptas que no hemos lo-grado nuestra meta: amarte como tú mereces. Tú, lo sabemos, no te fijas tanto en los resultados, sino en el esfuerzo. Termina mayo, no termina nuestro anhelo de tomarnos en serio tu Amorosa presencia en nuestra vida; que sería lo “único necesario” para llegar a amar de verdad a tu Hijo.

 

Como en las Bodas de Caná, los novios habían hecho lo que estuvo a su alcance, y con sus solas fuerzas lograron poco vino y de mala calidad. Fuiste tú la que lograste de tu Hijo el milagro: ¡Seiscientos litros de vino de calidad inmejorable para un matrimonio sin recursos! Con lo cual, tú, Madre Misericordiosa, lograste que aquella fiesta no teminara en un bochorno.

 

Hoy te pedimos que transformes el agua limpia de nuestra pobreza en el excelente vino de Amor a ti, y, a través de ti, de amor a tu Amado Hijo. 

 

Obsequio: Nunca desanimarnos ante ninguna limitación, sabiendo que nuestra Madre, siempre está a nuestro lado y, a pesar de nuestra pequeñez, intentar siempre amar más a María,  cada día más y más… Que esta sea la ilusión con que terminamos mayo, el Mes de María…

Día treinta y uno

 

I. La gran corona de todas las flores del mes de mayo

 

1. Hemos terminado ya nuestra obra. Están ya en el círculo circunscrito por el dedo de Dios todas las flores del mes de mayo. Examinemos hoy nuestra obra y contemplémosla. ¿Hemos tenido algún descuido? ¿Hay en los campos y en los valles, en los montes y collados, en los prados y en las huertas; hay en nuestros jardines y terraplenes alguna de las flores de esta risueña estación que no embellezca, adorne, vista y perfume nuestra gran corona? Si la veis, si la encontráis, cogedla hoy y agregadla a uno de los treinta ramilletes que la cierran y completan. Celebremos hoy el complemento de nuestra obra.

 

II. La corona de la gloria debida al mérito de las virtudes.

 

2. La corona que ciñen los Santos en el cielo es debida y se les da en correspondencia a la que forman en la tierra sus virtudes. Las flores de esa corona son el emblema de nuestras virtudes. Todas están atadas al círculo de oro formado sobre nuestras cabezas por manos del supremo artífice, Dios, al anunciarnos la ley de gracia: amarás a Dios, amarás a tus prójimos. El círculo sale de un punto, marcha formando su curva y vuelve allá de donde salió. El precepto del amor y la caridad, que es su observancia, sale de Dios que es amor, Deus est charitas; describe al pasar por nuestros corazones su curva, nos toma todos los afectos y los ata a ella, y al volver a Dios, de donde procede, los deja allí satisfechos. Toda virtud que lo sea de veras procede de la caridad, crece en la caridad y con la caridad, y vive ligada a ella y con ella.

 

III. La corona de María en la gloria

 

3. La corona que ciñe María en la gloria le fue dada como premio de todas sus virtudes. Mientras vivió no hubo ninguna que no estuviese en su corona: las tuvo todas en su plenitud: Ave, gratia plena; sí, llena de gracias, llena de dones; sí, llena de dones, llena de virtudes.

 

IV. Nuestra corona alrededor de María

 

4. Contempla atentamente esta corona que acabamos de vestir y adornar; son todas nuestras virtudes simbolizadas

en las flores. ¿Falta alguna? ¿están todas? ¿todas sin faltar una? ¡ah! si pierdes una, se pierden todas y donde va una, van todas, porque todas están ligadas a un mismo y solo círculo; y doquiera que se coloque el círculo van ellas todas, y si éste se mueve, se mueven todas.

 

Vamos a presentar hoy , por manos de nuestra Reina, ante el trono de Dios, nuestra corona: nos la pide adornada, enriquecida, vestida y embellecida por las virtudes todas, y no puede faltar ni una sola flor: ¿lo has dado ya todo? ¿todo? ¿nada te has reservado para ti? Piénsalo bien: hoy termina con el mes de mayo nuestra obra: tienes tiempo, examina tu alma, y da a María si algo has olvidado o descuidado.

Preséntale hoy no una flor sino la corona entera y completa, y al ofrecérsela le dirás: Presentación de la corona

 

ORACIÓN. Reina de los cielos: Os he dado en este mes con - sagrado a Vos cuanto he hallado en mi jardín de más bello y fragrante; os he dado cuanto tenía de mejor, y os lo doy de nuevo. No hay más, Señora, no hay más: ¡ay! es cosa poca; pero no tengo más.

 

Os he dado votos, promesas, propósitos, resoluciones, y os los he dado tan firmes y eficaces como me ha sido posible formar: ¡ay! no puedo más; no tengo mejores. Me los habéis pedido y os los he dado tales como Vos veis están en esa corona. Señora: estos propósitos, que, por la misericordia de Dios y favor vuestro, yo he formado en estos ejercicios, a Vos los he ofrecido, y en vuestras manos están. Fomentadles, dad les actividad, firmeza, constancia, perseverancia, eficacia y fortaleza.

 

Yo me ofrezco de nue vo a ponerlos por obra, yo los fío a vuestra maternal solicitud Bellísima, amabilísima, habilísima jardinera, en vuestras manos dejo mi corona; en vuestras manos sagradas encomiendo mis virtudes . Guardadlas, protegedlas, regadlas, cultivadlas y perfeccionadlas .

DÍA 31 

¡Madre del santo amor! ¡Vida, refugio y esperanza nuestra! Bien sabes que tu Hijo Jesucristo, además de ser nuestro abogado perpetuo ante su Eterno Padre, quiso también que tú fueras ante Él intercesora nuestra, para impetrarnos las divinas misericordias.

Ha dispuesto que tus plegarias ayuden a nuestra salvación; les ha otorgado tan gran eficacia, que obtienen de Él cuanto le piden. Amén.

Reina del Cielo, alégrate, aleluya, 
porque el Señor, a quien llevaste en tu seno, aleluya, 
ha resucitado, según su palabra, aleluya.
Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, 
ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén


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«Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa »


Lecturas del Miércoles de la 16ª semana del Tiempo Ordinario

Primera lectura

Lectura del libro del Éxodo (16,1-5.9-15)

 

Salmo

Sal 77,18-19.23-24.25-26.27-28

 

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Mateo (13,1-9)

Desde 16 oct 2011

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